Días de septiembre

Apenas se anuncia el final del verano y los días a la vez que se hacen más cortos hurtándonos los atardeceres lentos, se van llenando de sucesos, noticias, decisiones, eventos que reclaman nuestra atención y buena parte de nuestro interés.

A lo largo de estos últimos nos han asaltado y ocupado alguno de estos asuntos imponiéndonos una repentina vuelta a una realidad áspera y antipática que quiere pasar por encima de nuestros sueños recientes acerca del tiempo de la felicidad.

Estos son algunos de los que me han interesado, inquietado o distraído en estos días.

Con la muerte de Santiago Carrillo parece que se vaya cerrando definitivamente la tan manida etapa de la transición que, sobe todo, ha servido para ser el soporte de argumentos vacíos, lugares comunes, verdades a medias y oscuros olvidos para alumbrar, finalmente, un sistema democrático incompleto y amorfo.

Carrillo fue uno de sus indiscutibles protagonistas y ha merecido por ello la atención de los medios, de la clase política y de la calle. Me quedo con la respuesta de la calle, la de muchas personas humildes, la más sincera, la más auténtica, la más llena de vida, seguro.

En estos días, las chicas y los chicos vuelven al cole. Han estado demorando el tiempo mientras estiraban la nostalgia de las tardes de un verano propio, lejos de sus rutinas probablemente, en otros paisajes, sintiéndose reyes, sabiéndose reinas. Pero hay que volver. La realidad se impone.

El ministro de educación, José Ignacio Wert, era el tapado de este gobierno. Y se ha destapado promoviendo la séptima reforma educativa en los últimos treinta años, una reforma ideológica que justifica con argumentos casi idénticos a los que utilizaron sus predecesores en las anteriores reformas, que siempre se anunciaron como definitivas. Este es el drama: entender la formación y la educación como un juguete político, convertir un derecho básico en un instrumento político. Todo ello en un contexto de recortes mezquino.

Estos días mucha gente sigue saliendo a la calle a manifestar sus anhelos, a defender sus derechos, a pelear por la dignidad y, sobre todo, a mostrar su rechazo a las medidas que se están adoptando, dicen que para hacer frente a la crisis.

En las calles de Barcelona, más de un millón de personas festejan la Diada y reclaman la independencia; parece que el nacionalismo catalán apuesta fuerte. También lo hace el nacionalismo español: el rey hace pública en su página Web una insólita carta donde reclama la unidad de España. El debate se reaviva entre separatistas y separadores. En cualquier caso, lo relevante es que, creo que por primera vez, se oye hablar a unos y a otros abiertamente de independencia.

En Madrid, el 15 de septiembre, también fuimos un millón. Que lo sepan. Aunque lo saben. Saben que la excepción, lo alternativo, es el germen de propuestas transformadoras y éstas se atacan de raíz. Si lo dudan, repasen cualquiera de las medidas que propone el ministro de Justicia, o el acoso e intimidación, primero,  y la abierta represión, después, como respuesta a las movilizaciones  del #25-S y su propuesta ‘Rodea el Congreso.’

También en estos días, Esperanza Aguirre presentó su dimisión como presidenta de la Comunidad y de su partido en Madrid. Su decisión que sorprende a propios y a extraños obedece, según ella, a motivos personales. Aguirre no deja indiferente: parece que se la quiere con locura o se la odia . Lo uno o lo otro. Lo que sí deja, desde luego, es a Ignacio González como sucesor, presidente frustrado de Caja Madrid previo a Rato, ejemplo de político siempre implicado en asuntos turbios y al que se le reconocen muchas habilidades ‘políticas’, pero ninguna de otro tipo. También deja 100 mil parados más -aunque esto no sea ningún mérito diferenciador- y 3.500 profesores menos en la escuela pública de la Comunidad de Madrid -esto sí-.

Contemplamos también el panorama desalentador de los medios de comunicación de este país, reflejo al fin y al cabo de la sociedad ante la que median. A la imparable concentración informativa a que han llevado las últimas fusiones en televisión, se une el desmantelamiento del modelo público y el espectáculo lamentable de manipulación informativa a que se dedican diariamente, sin pudor, los medios escritos y sus empresas informativas. No dejan de surgir, afortunadamente, nuevas iniciativas de proyectos a través de la Red que previsiblemente, a pesar de todo, serán efímeros.

En este panorama, los medios sociales buscan su sitio, su lugar en el mundo. Por ello resultan interesantes contribuciones como las de Miguel del Fresno en su tarea de investigación de estas realidades: Si los mass media son un comunicador profesional, los social media se presentan como un comunicador colectivo.

Otoño

En estos días de septiembre, llega el otoño que es una estación ideal para pasear y dejarse llevar por la melancolía. Para disfrutar del campo y también de las ciudadades, de sus parques y jardines. De sus patios en veladas frescas, románticas y silenciosas.

Pasear por las calles de Madrid en las primeras tardes del otoño es sumamente placentero: merece la pena acercarse a contemplar la luz crepuscular desde Las Vistillas, o detenerse en los jardines del antiguo hospital de Santa Isabel cuando ya anochece, por ejemplo. O vivir el despertar de  un domingo en la ciudad.

De momento, todavía no tienen porqué tocar a su fin esos paseos tranquilos, de caminares lentos, reposados, sin prisas, a pesar de que el otoño, además, sea el corredor que nos lleva al invierno.

El otoño nos reclamará lecturas de otra intensidad. Si se han logrado evitar las intrusivas Sombras de Grey y se gusta del género las alternativas, hablando de literatura, son muchas. También algunas de las novedades editoriales de la temporada resultan tentadoras.

En fin, se va a agotando septiembre pero vendrán otros días, días que nos harán más ciegos. Por eso, conviene seguir buscando distanciamientos deliberados y medias distancias, lo que no siempre resulta fácil.

Estos son tiempos difíciles, pero que no cunda el pánico

Es posible que estemos ante un cambio de época tan radical como el que relata Stefan Zweig en su autobiografía El Mundo de Ayer, Memorias de un europeo y se esté desmontando más que una manera de  entender y de vivir la vida, como en la historia de Zweig, el marco social que hasta ahora pretendía dar cabida y amparar en buena medida las vidas y el bienestar social de la población. Por eso, también son tiempos nuevos.

Los cambios generan siempre inquietud, incertidumbre y vértigo porque en muchos casos suponen la pérdida de nuestras referencias,  de nuestros  contextos, y nos llevan a territorios inestables por desconocidos y a la desaparición de nuestras zonas de confort. Muchas veces, también, son oportunidades de mejorar. Pero normalmente esta afirmación sólo tiene sentido cuando nos referimos de forma aislada al ámbito individual o personal,  de ahí las historias que en tiempos como estos ejemplifican la bondad de las situaciones extremas para afrontar giros personales, vitales o profesionales.

Difícilmente esas oportunidades se dan en el ámbito social, sobre todo cuando el desmantelamiento de las condiciones de vida y la modificación de las reglas del juego son tales que prácticamente se  impide maniobrar a los que están afectados.

A mi modo de ver, se está acabando con un modelo de sociedad  al que se ha llegado de un modo natural después de haber peleado por algo parecido durante mucho tiempo; un tiempo gris y áspero en el que nuestro país ha sido un ejemplo de oportunidades perdidas y ha ocupado el vagón de cola de la historia. Una propuesta, un contrato con los ciudadanos que pretendía garantizar el derecho a una vida digna a la mayor parte de las personas: un modelo social que paradójicamente los machos alfa europeos exigen desbaratar y que nuestros gobernantes se aprestan a hacerlo, diciéndonos que eso ya no es posible, sin presentar ninguna alternativa.

Más allá de los debates y de los porqués -que parece que resultan estériles- es evidente que las decisiones que se están adoptando no son en ningún caso inocentes y se dirigen a laminar los pilares básicos que permiten a cualquier sociedad avanzar asegurando la igualdad de oportunidades y procurando el crecimiento colectivo: educación y sanidad; empleo y dependencia; vivienda; investigación y desarrollo; cultura;  derechos sociales…

Contra el desmantelamiento de ese modelo social es por lo que se manifestaron el #19J en muchas ciudades españolas cientos de miles de personas indignadas, ofendidas y cada vez más acorraladas por las medidas que se están adoptando con la excusa recurrente de la crisis. Una realidad que empieza a ahogar.

Estuve  en la manifestación de Madrid  que me pareció un ejercicio ejemplar de dignidad, solidaridad, compromiso y ciudadanía, aunque finalmente las fuentes oficiales, las autoridades y los medios se ocuparan de recurrir a lugares comunes para diluir la referencia a un sentimiento colectivo que aunó la voz de muchos ciudadanos y ciudadanas a lo largo de todo el país.

Se impone la mentira, cuando no el cinismo
Los medios de comunicación subordinan su función social de denuncia de los abusos del poder a su condición de empresas informativas. Los gobernantes no dudan en mentir, en negar la evidencia, en desdecirse o recurrir al eufemismo como argumentación: se ha vivido por encima de nuestras posibilidades; todo lo que se está haciendo es inevitable y tiene como único objetivo preservar el bienestar de los ciudadanos cuando en verdad sabemos que estamos ante una gran estafa, ante un fraude global.

Ya no se trata de convencer, ni siquiera de engañar. Se pretende imponer un estado de ánimo: el desestimiento, la desesperanza y la aceptación. El miedo y  el retraimiento a posiciones individuales y egoístas. La inutilidad del compromiso, la sensación de impotencia  ante lo inevitable. El poder se aprovecha de la   desconfianza  de los ciudadanos hacia la política y de la falta de respuestas adecuadas y coherentes de la sociedad civil.

A pesar de que la sociedad va avanzando en enfoques y en iniciativas abiertas e innovadoras para fomentar la participación, la colaboración y la transparencia en el gobierno de los asuntos públicos, las estructuras del poder se resisten. Parece que en las nuevas actitudes, en la forma de abordar los asuntos desde otras perspectivas, en promover la extensión del conocimiento puede haber un atisbo de esperanza, una salida y una alternativa, al fin, a tanta codicia y despropósito.

El vídeo de esta entrada es de Irene