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La Formación no está, ni se la espera

Tres años y cinco meses después de la anunciada reforma de la formación para el empleo, el gobierno da a luz, con carácter urgente, el Real Decreto ley que pretende ordenar una vez más un desaprovechado modelo de formación para los trabajadores y para la competitividad de las empresas. No es el primer intento. Desde 1996 se han sucedido diferentes reformas de este sistema impulsadas por unos y otros gobiernos: reformas, chapuzas y retocados cosméticos en la mayor parte de los casos. Unas con acuerdo con los agentes sociales, otras sin él y algunas mediopensionistas. Pero, hasta la fecha todas ineficaces por su incapacidad de asegurar el destino final de los importantes recursos económicos que moviliza y, sobre todo, porque la formación entendida como un proceso de aprendizaje con valor en el desempeño profesional, en el empleo y como contribuidora a la viabilidad de las iniciativas empresariales, siempre ha sido lo menos importante. Ahora, también.

aprendizaje_460Veintidós años después de su puesta en marcha, ahora se pretende que el nuevo modelo permita consolidar en el sistema productivo una cultura de formación profesional y favorecer la creación de empleo estable y de calidad; algo que suena a discurso hueco, a fuegos de artificio, una vez más. Lo que se persigue, sobre todo, es salir en clave electoral como adalides de la lucha antifraude de los fondos de formación. Poco más.

Lo más relevante de esta reforma quizá sea que, por un lado, se relega a los agentes económicos y sociales a un segundo plano, a un papel poco relevante en la práctica, concediendo todo el protagonismo a la Administración. Por otro, el aumento de las medidas que pretenden impedir el fraude con el aumento de los mecanismos de control, a través de la creación de una unidad especial de inspección en la Inspección de Trabajo y Seguridad Social.

De la formación más bien poco. Si acaso el espacio que se abre para la participación de los centros y entidades privadas de formación, la centralidad de las iniciativas de formación de las empresas y la participación de alguna manera de todas las empresas en la financiación de las iniciativas de formación.

Por lo demás, medidas que dependen de su desarrollo reglamentario, como el marco de planificación, ejecución y evaluación permanente y otras que quedan en el limbo, como el cacareado Cheque de formación para los parados o la Cuenta de formación para todos los trabajadores. Eso sí, muchas palabras clave: transparencia, calidad, eficiencia, controles, estabilidad, coherencia…

Las organizaciones empresariales y los sindicatos se han quejado bajito. Al fin y al cabo el trámite parlamentario del Real Decreto ley puede presentar oportunidades para su modificación. Tampoco han levantado la voz las comunidades autónomas, ocupadas quizás en otros afanes, cuando el nuevo modelo propuesto sigue sin resolver su encaje en la gobernanza del sistema, uno de sus problemas endémicos.

El Servicio Público de Empleo Estatal se reserva la parte del león en cuanto a programación, gestión y control de la formación profesional para el empleo, contando con el apoyo técnico de la Fundación Estatal para la Formación en el Empleo (actualmente Fundación Tripartita, antes FORCEM), que además realizará funciones de apoyo en el desarrollo estratégico del sistema. Una Fundación ésta que, una vez más, deberá adoptar las medidas necesarias para adaptar su organización a lo establecido en la nueva norma, pero que mantendrá su estructura monolítica con un equipo directivo que permanece prácticamente inalterable desde la noche de los tiempos, gracias a su capacidad para nadar y guardar la ropa.

A la vista de lo anterior cabe preguntarse, una vez más, sobre la importancia que se da a la  formación desde la Administración y sus responsables políticos cuando, por ejemplo, no se adoptan medidas concretas y efectivas de apoyo a las pequeñas y medianas empresas para su acceso generalizado a la formación y los trabajadores autónomos siguen quedando prácticamente fuera del sistema.

Por último, convendría detenerse a reflexionar sobre la configuración de estos dispositivos de formación que se han revelado ineficaces para contribuir a mitigar la sangría del desempleo, para la recualificación de esos trabajadores y, sobre todo, por la irrelevancia de la cualificación profesional de los trabajadores a la hora de ser requeridos para ocupar puestos de trabajo cada vez más precarizados.

Por eso, la formación no está ni se la espera, tampoco en esta nueva reforma. Al menos, de momento.

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Formación para qué

En estos días se vuelve a hablar de formación, pero no de los procesos de aprendizaje y su importancia para las personas y para las empresas. No de las oportunidades que el entorno digital y social ofrecen para adecuar esos procesos a las necesidades reales de unos y de otras. No.
Se habla de los escándalos de la formación. De la mala utilización de los cuantiosos recursos públicos destinados a la formación para el empleo, cuando no del desfalco y de la estafa aprovechando los dispositivos de un sistema arcaico y alejado de la realidad.

No es nuevo. El recorrido del sistema de formación profesional para el empleo en España está jalonado de escándalos, casos, controversias, ataques y defensas, propuestas para su modificación, peleas por el control de los fondos, sentencias de los tribunales en diversos sentidos; declaraciones grandilocuentes e impostadas. Muchas sombras. Y también algunas luces… En cierto modo, toda esta situación no es más que un dejavu que se viene produciendo desde hace más de veinte años.

Las reacciones suelen ser idénticas: titulares, programas de radio, conocimiento de casos llamativos, escándalo, denuncias, defensas numantinas, promesas de reformar el sistema…, Pero nada. Como en tantos otros asuntos, el desistimiento y la conformidad lo dejan todo como estaba. Y hasta la próxima.

A los actores institucionales parece que este sistema no les ha ido mal. Desde 1992 todos los gobiernos, uno y otro signo, han bendecido los acuerdos entre patronal y sindicatos para gobernar un modelo complejo de ayudas y subvenciones que han hecho de la formación una rutina administrativa, de catálogos de cursos de dudosa utilidad en muchos casos que, además, requiere de complejas y abultadas estructuras para su gestión.

Sin embargo, en los dos últimos años las dificultades para mantener este sistema están siendo mayores. El gobierno, a pesar de los anuncios, finallmente ha pasado de puntillas por el aparato de gestión, pero ha apuntado donde más duele: reduciendo los recursos destinados para la formación, modificando la distribución de los fondos y consolidando un sistema de reparto que asegura unos mínimos de gestión para los administradores del sistema (patronal y sindicatos).

La reducción de los recursos que gestionan los agentes sociales ha tenido efectos colaterales: deja fuera, en la mayor parte de los casos, a  empresas y centros de formación que, ante la imposibilidad de acceso al sistema, habían acomodado sus estructuras para subcontratar la formación que aquéllos no podían atender directamente, estableciendo una relación de dependencia arriesgada y casi siempre cautiva. Y en algunos casos, dando lugar a entramados empresariales ficticios para captar las subvenciones.

El sector de la formación, que creció y se consolidó a los pechos del sistema ahora, de este modo, se ve vapuleado con la consecuencia de que muchas empresas, centros de formación y  consultoras están siendo condenadas a su desaparición y a una ruina que paradójicamente contribuye a la destrucción de empleo.

edificio Fundación Tripartita

Las estructuras de formación de patronal y sindicatos tampoco están siendo ajenas a estas circunstancias, aligerándose y adelgazando a través de Eres y otras medidas amparadas por la  denostada reforma laboral. Sin embargo, la estructura administrativa del Estado mantiene intacta la Fundación Tripartita como instrumento de referencia. Una organización monolítica dotada de importantes recursos humanos al servicio del SEPE (Servicio Público de Empleo), el amo del calabozo de la distribución de los recursos económicos a organizaciones empresariales y sindicales y a comunidades autónomas.

Mientras tanto, los certificados de profesionalidad –la esperanza blanca del sistema, el elemento que por fin daría valor a esta formación, su seña de identidad– van regulándose lentamente e implantándose con parsimonia, debido a sus rígidos requisitos y especificaciones y a la necesidad de realizar importantes inversiones para su adaptación y desarrollo por parte de las empresas y centros de formación.

Formación para aprovechar las oportunidades

A la vista de lo anterior, convendría responder a la pregunta  que encabeza esta entrada. Formación, para qué. Y coincidir en una respuesta unívoca, clara y sin matices, alejada de los discursos retóricos y que no implique justificar la necesidad de la formación para las personas y las empresas (porque es evidente).

Las respuestas no deberían ser complejas: formación para aprender, para contribuir, para compartir, para innovar, para progresar, para hacer las cosas mejor. Formación para aprovechar las oportunidades.

Si las respuestas no van en esa dirección, será mayor, incluso inevitable, el riesgo de que los recursos públicos para formación (que aportan empresas y trabajadores) se diluyan y se esfumen, liquidándose otro de los derechos ganados en los últimos tiempos para procurar vivir y trabajar en mejores condiciones.

El aviso a navegantes lo ha dado, como en tantas otras cosas, la avanzadilla del gobierno de la Comunidad de Madrid con la decisión de su turbio presidente de suspender las ayudas a la formación en ese territorio ante su incapacidad para controlar el destino y el buen fin en el uso de esos fondos — o por amparar esa utilización espuria–.

Atentos.

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Fin de curso, fin de ciclo

Cosas de Bolonia. Finalizado el período lectivo ya estamos con los exámenes finales. Esta semana les ha tocado a mis alumnos y alumnas de Publicidad y Relaciones Públicas y de Administración y Dirección de Empresas. También esta semana la directora de mi departamento me ha comunicado que la situación financiera y presupuestaria para el curso que viene no permite la continuidad de los profesores asociados que veníamos impartiendo docencia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. El curso que viene con trece profesores menos, el personal docente e investigador de Comunicación se hará cargo de las mismas asignaturas, prácticas, tutorías y otras actividades académicas para  un número de alumnos similar o superior al del curso que ahora finaliza.

La figura del profesor asociado, con una dedicación parcial que compatibiliza con su actividad profesional, pretende aportar una visión práctica y empresarial en diferentes materias y asignaturas, complementándose así el planteamiento excesivamente academicista que, en muchos casos, tienen los contenidos que se imparten en estas titulaciones. De ese modo se pretende contribuir a superar la distancia entre esas dos ‘lógicas empresariales inconmensurables’ que son la universidad y la empresa.

No es contabilidad,es ideología

‘No hay dinero para cubrir todos los servicios públicos’ nos dicen, por lo que se hace necesario la adopción de medidas que permitan ajustar el gasto público a los ingresos de modo inmediato. Parece que se tratara de un asunto contable, y para cuadrar las cuentas se reducen los presupuestos sobre todo de educación y formación, sanidad, dependencia, investigación y desarrollo… y, en fin, de todos los servicios públicos. Sin embargo suena más a una cuestión ideológica que numérica: a los contables les interesa sobre todo las políticas que tienen que ver con la equidad y con la igualdad de oportunidades de los más desfavorecidos. La educación, la sanidad, la dependencia son servicios públicos básicos, esenciales, que tienen más que ver con la dignidad de las personas y con la justicia que con el bienestar. Sin educación, sin sanidad, sin ayuda a los dependientes, a los más humildes no les queda nada.

Biblioteca URJC. Campus de Vicálvaro

En el caso de la educación superior, las medidas afectan al conjunto de la comunidad universitaria: personal de administración y servicios (reducción de retribuciones y cambio en sus condiciones laborales), estudiantes (incremento significativo de los precios para cursar estudios oficiales de grado y máster, cambio en los criterios para la obtención de becas y ayudas) y profesorado (reducción de la financiación a proyectos de investigación, precarización de sus condiciones laborales y modificación unilateral de su régimen de dedicación).

Según todos los rectores de las universidades catalanas las medidas adoptadas por el gobierno de España, además de impropias, pueden dar lugar a situaciones injustas, y advierten que la injusticia socava la base de la convivencia y, finalmente, se vuelve contra toda la sociedad.

El esfuerzo para cuadrar las cuentas se sigue reclamando al conjunto de los ciudadanos a través de una mayor carga impositiva, de la reducción de sus retribuciones o del incremento del coste de los servicios públicos sin que se adopte ninguna medida específica para atajar el fraude fiscal y la economía sumergida que actualmente equivalen a más del 20% del PIB.

Por eso conviene no dejarse confundir. No se trata de la necesaria revisión del modelo de educación superior para hacer más competitivas a las universidades, ser más eficaces en el desarrollo de sus actividades y asegurar una mayor eficiencia de los recursos públicos. El objetivo parece ser desmantelar el modelo público  de educación y formación haciéndolo irrecuperable para el futuro. La educación y la formación de las personas dependerá cada vez más de su poder adquisitivo al margen de criterios como el mérito y la capacidad. Cosa de ricos, al final.

Medidas similares se están llevando a cabo en todo el sistema educativo afectando a la educación secundaria y a la formación profesional que lejos de valorizarse se verá condenada a un permanente ostracismo. De un mismo modo se verá mermada la oferta de formación para el empleo, dirigida  a la recualificación de los trabajadores ocupados y desempleados. No hay reformas ni estructurales ni coyunturales, se trata del fin de ciclo del modelo público de educación y formación en nuestro país. En definitiva, son medidas que no van a favor  del conocimiento, la formación, el aprendizaje y el talento, y que no dejan dudas sobre el futuro que se pretende diseñar para esta sociedad.

En otros países de nuestro entorno los ajustes que se estén llevando a cabo tienen un carácter más respetuoso con la inteligencia, preservándose  los recursos destinados a educación y formación y a investigación y desarrollo.

El oficio de enseñar

Con este desalentador panorama acabo mi colaboración con la universidad pública con cierta amargura. Me quedo, eso sí, con la sensación positiva de haber disfrutado de la gratificante tarea de enseñar durante un cierto período de tiempo, lo que me ha permitido aprender y enriquecerme personal y profesionalmente a través de unas relaciones estupendas y muy positivas con los estudiantes y con los demás docentes, implicados todos ellos en el aprendizaje de sus alumnos y comprometidos con su actividad académica e investigadora.

Ahora, encima de la mesa tengo 82 exámenes y otros tantos proyectos de fin de curso para revisar y calificar en los próximos días. Me pregunto cómo de riguroso debo ser en mis calificaciones sabiendo que de algún modo se está poniendo en cuestión el valor de la educación y de la formación y, además, que muchos de mis alumnos y alumnas finalizan sus estudios y estarán en condiciones de incorporarse a la actividad profesional con todas las dificultades que esto conlleva en un mercado laboral ya devastado.

¿Me ayudan?

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Formación y otros temas menores

Según la consideración de los medios de comunicación y al parecer de la opinión pública, el reciente y nuevo fracaso del diálogo social se ha hecho evidente con un gran desacuerdo y algunos pequeños acuerdos en relación con diversos temas menores, entre ellos la formación para el empleo.

Erlich

En este asunto intrascendente, sin demasiado interés al parecer, los sindicatos y la patronal están de acuerdo en que la formación es un factor determinante para el desarrollo social y económico, la competitividad de las empresas, el crecimiento del empleo y el desarrollo profesional y personal de los trabajadores. Coinciden, por lo tanto, en la necesidad de sostener e intensificar un modelo de formación para el empleo del que comparten su gestión y su gobierno con la Administración a lo largo de las dos últimas décadas (desde 1993) y que, según su propia valoración, presenta aspectos positivos y necesidades de mejora.

Este tema menor, el sistema de formación para el empleo, moviliza anualmente más de 3.000 millones de euros, una parte de ellos destinados a financiar la oferta formativa que llevan a cabo las propias organizaciones empresariales y sindicales.

En consecuencia, los empresarios y los sindicatos se comprometen a negociar en los próximos meses nuevos acuerdos que introduzcan mejoras en la calidad, la transparencia y la concurrencia del actual sistema y, mientras tanto, dejar las cosas como están, es decir, mantener la convocatoria de oferta a los trabajadores (cursos gratis) y el sistema de bonificaciones para las empresas.

Más allá de consideraciones políticas (mucho me temo que, una vez más, la gestión de los fondos de formación pueda convertirse en el bálsamo que calme la ansiedad que provoque la frustración por el fiasco del diálogo social), en mi opinión se deja pasar nuevamente una oportunidad para consolidar la cultura del aprendizaje permanente en las empresas y entre los trabajadores y hacer de ella un potente dispositivo con valor y utilidad reales a disposición de las personas y de los proyectos empresariales.

Es cierto que, a la vista del desinterés social o la indiferencia que provoca la formación y su importancia para el desarrollo de cualquier sociedad moderna, la consideración estratégica que de ella tienen empresarios y sindicatos justificaría su protagonismo e intervención en el modelo de gestión que se adopte. Sin embargo, la lectura de los ejes a través de los que los agentes sociales proponen reformar el sistema de formación para el empleo resulta desalentadora y retrotraen a planteamientos y posiciones de los años noventa del siglo pasado. De este modo, parecería que ni en lo social, en lo económico, en lo productivo, o en lo tecnológico nada ha cambiado. Tampoco en el modo de aprender ni en las metodologías para hacerlo.

A mi modo de ver se desaprovecha la oportunidad para establecer las bases de un modelo que libere el potencial transformador que encierra la formación, poniéndola a disposición de las empresas y de las personas y dotándola de valor real para  la innovación, la cultura emprendedora y el empleo. Se plantea un modelo que más pronto que tarde deberá ser objeto de una de esas reformas estructurales que tanto se reclaman y se anuncian.

La clave una vez más está en los recursos. Hoy más que nunca, mantener un sistema público de formación para el empleo depende de su gestión eficiente y, por lo tanto, de su rentabilidad social. Y eso sólo se consigue a través de su credibilidad.

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La educación encierra un tesoro

Educación a lo largo de la vida Conviene recordar las etapas clásicas de la educación y aún más dejarse seducir por su secuencia:

“Primero están las etapas iniciales, la del novicio al que se enseñan las reglas y la del aprendiz a quien se le enseña a comprender el contexto relevante de lo que aprende.

Luego vienen las etapas intermedias, la del individuo competente, a quien se entrena para que elija la perspectiva justa que le permita seleccionar lo importante,  controlar la ansiedad que acompaña al exceso de información; la del individuo verdaderamente eficiente, a quien se le acostumbra a decidir; y la del experto, quien se habitúa a decidir correctamente para ser capaz de responder a una situación rápidamente y sin titubeos.

Y se termina con las etapas finales: la del maestro, capaz de desarrollar un perfil y un estilo propio; y la del sabio, que comprende el sentido, o el sin sentido del mundo en que está, y a comparar mundos posibles”. (Pérez-Díaz, V ).

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Formación ¿para qué empleo?

En las últimas semanas estamos asistiendo a declaraciones, discursos y presentaciones de propuestas, estrategias y estudios en relación con el sistema público de formación para el empleo; con su funcionamiento, con su eficacia, con su rentabilidad y, en definitiva, con sus perspectivas de futuro. El asunto me interesa; durante años me he movido profesionalmente en ese mundo procurando contribuir a su desarrollo, a su difusión y a su extensión.

Parece que hay un acuerdo unánime en la importancia de la educación y la formación para el futuro profesional de las personas, la competitividad de las empresas y el desarrollo de los países. Más aún en situaciones de crisis en las que se acentúa el valor económico de la formación: cuanto más elevado es el nivel formativo de la población menor es la pérdida de empleo.

El sistema público de formación para el empleo  nace en los años noventa para canalizar los recursos económicos procedentes de las cotizaciones sociales de empresarios y trabajadores y de los entonces generosos fondos europeos. Surge de este modo un modelo de formación en el ámbito labor vinculado a la negociación colectiva con el protagonismo de los agentes económicos y sociales en su gobierno y en su gestión.

Su recorrido a lo largo de casi dos décadas presenta aspectos positivos, pero no pocas insuficiencias importantes.

La cara es que la formación en el ámbito laboral ha adquirido entidad propia gracias al desarrollo de la Ley de las cualificaciones y de la formación profesional (2002) y de su consideración como política activa de empleo, dando lugar a un sector de actividad económica que ha dinamizado la práctica formativa de las empresas y que está permitiendo que, anualmente, reciban formación cerca de cinco millones de personas, la mayor parte de ellas trabajadores y trabajadoras en activo.

Participantes formación 2010

Observatorio de la formación para el empleo. Fundación Tripartita

Por el lado de las sombras puede señalarse la intervención abusiva de las organizaciones empresariales y sindicales, la controversia sobre sus competencias de gestión entre la Administración general del estado y las comunidades autónomas, su falta flexibilidad  y apertura para responder a las necesidades empresariales, especialmente de pymes y autónomos, y el recurso exagerado a la formación de catálogo,  renunciando de este modo a la calidad en los procesos formativos. Además, se ha caracterizado por su nula apuesta por la investigación y la innovación en los procesos de aprendizaje y por las nuevas  tecnologías aplicadas a la formación.

Llegados hasta aquí, parece que hay cierto convencimiento de que estamos ante un fin de ciclo de este sistema de formación. La situación del mercado laboral ha cambiado drásticamente en los últimos años y la formación para el empleo debe dar respuesta a las nuevas necesidades y reformularse para adaptarse a estas nuevas circunstancias. En palabras de Francesc Castellana la crisis ha puesto encima de la mesa la necesidad de potenciar un modelo laboral que apueste por la formación y la adaptabilidad de los trabajadores y facilite transiciones rápidas entre empleos.

Se presenta ahora la oportunidad de revisarlo y transformarlo desde una perspectiva de gasto a una perspectiva de inversión y redefinir sus límites para que permita la flexibilización de las estrategias de formación y la adquisición de capacidades.

Es cierto que la formación por sí sola no es generadora de empleo, pero también que puede contribuir a provocar reacciones en cadena que favorezcan su creación. Por ello, cualquiera que sea el escenario el sentido central de la formación no debe ser otro que el empleo: el acceso a un puesto de trabajo, su mantenimiento, el progreso y el crecimiento profesional.

Datos del paroLa imparable destrucción de puestos de trabajo reclama respuestas en términos de adaptación de los perfiles profesionales existentes a los requeridos por nuevas actividades y sectores económicos que se abren camino al calor de los avances en tecnología y telecomunicaciones. La sociedad aumentada, la hipersociedad está cambiando nuestra forma de vivir, de trabajar, de producir, de comunicarnos, de comprar y de vender y genera una demanda de formación urgente, masiva y diversificada que supera en mucho las posibilidades de los sistemas de formación convencionales, como afirmó Pedro E. Mondelo, profesor de la UPC, en la presentación del estudio El estado del arte de la formación en España.

La lectura de este informe elaborado por élogos –la principal consultora de formación para el empleo en nuestro país–, con la colaboración del IESE, ofrece una idea certera de la formación que se viene realizando en el marco del sistema.

La presentación del estudio acogió un interesante debate sobre el aprendizaje y la web social, en el que J. Salvatella, de la consultora de comunicación Roca y Salvatella, destacó la importancia del aprendizaje informal, del aprendizaje social, del aprendizaje invisible en un escenario en el que lo virtual ya forma parte de lo real. De ahí la importancia de formar en competencias digitales. De transformar los modelos de formación pasivos en activos, dinámicos. En este sentido, me ha parecido muy interesante el artículo de Dolors Reig sobre nuevas habilidades o competencias necesarias en el sector del conocimiento.

Competencias clave sector del conocimiento

Son consideraciones y planteamientos que no pueden dejarse de lado en el debate y la negociación para reformular el modelo si se quiere disponer de un sistema público de formación en el ámbito laboral que sea un instrumento a disposición de las empresas y de las personas trabajadoras. Un modelo accesible, versátil y capaz de dar adecuada respuesta a las necesidades y requerimientos formativos del nuevo entorno productivo por encima de las disputas sobre su gestión.

Ahora es el momento de alcanzar un acuerdo político a tres partes –Administración, organizaciones empresariales y organizaciones sindicales — que lo haga posible desde la responsabilidad y el compromiso con la sociedad, con la formación y con el empleo.

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