Días de Feria. Mejor sin toros

El verano es tiempo de fiestas. A medida que avanza, sus días van jalonándose de diferentes festejos y de ferias de localidades, pueblos y ciudades que, de este modo, celebran con sus vecinos costumbres y tradiciones, además de pretender atraer a visitantes y turistas con actividades y conciertos.

En la Costa, desde San Juan –cuando Salobreña celebra sus fiestas patronales–, en los meses de julio y agosto se va completando un calendario festivo que pasa desde Carchuna en los primeros días de julio, a La Caleta y Torrenueva en torno a la festividad de la virgen del Carmen y que alcanza su apogeo durante el mes de agosto con las fiestas patronales de Calahonda, Motril y Almuñécar.

Castillo de fuegosDe la importancia que llegan a tener estos eventos como uno de los indicadores de la (buena o mala) gestión municipal es buena muestra que en los ayuntamientos suela existir un área o una concejalía de Fiestas que ocupa un lugar central en sus equipos de gobierno. Porque no deja de ser habitual el runrún de las valoraciones subjetivas de unos y de otros, las comparaciones de lo organizado un año con el anterior, de lo hecho por estos y aquellos. En fin, los ayuntamientos se esmeran en destacar a través de iniciativas y actuaciones y en lograr satisfacer los gustos de la mayor parte de los vecinos y vecinas con programaciones diversas que, además, procuran atraer el mayor número de visitantes y turistas.

Sin lugar a dudas, unas buenas fiestas contribuyen a conformar la imagen de la ciudad que se pretende proyectar hacia afuera y, tal y como quieren que sean las cosas (vamos camino de basarlo todo en el turismo, de ser un país de camareros y poco más), esto no deja de tener su importancia. Este es el principal interés de la Feria de Motril este año, según palabras de su Alcaldesa, “convertir estas Fiestas en un referente turístico, una cita que atraiga cada vez más gente a nuestra ciudad”.

No es tarea fácil. Como en tantas otras cuestiones la clave está en saber y poder diferenciarse, en ser capaces de dotar a las ofertas y programaciones festivas de una identidad propia que contribuya a su atractivo. Y esto no es flor de un día, sino que se consigue con intencionalidad y a través de una trayectoria coherente, con sentido a lo largo del tiempo. Un buen ejemplo de ello es la oferta cultural que, verano tras verano, se viene desarrollando en Salobreña con su festival Tendencias o con la deliciosa Música en los rincones, también con los entrañables conciertos y recitales que suelen programarse en el lavadero de La Caleta, iniciativas todas ellas que procuran aprovechar al máximo los encantos de la Villa y sus anejos.

En ese afán por llegar a todos debe contemplarse necesariamente, también, la gratuidad de buena parte de las actividades programadas y, en su caso, el establecimiento de precios no discriminatorios, populares. Para la mayor parte de las familias, la pretendida recuperación económica es poco más que una afirmación interesada, demagógica, ficticia.

En cualquier caso, hay que reconocer la compleja tarea de técnicos municipales y programadores que deben estirar ajustados presupuestos para diseñar ofertas que respondan a  gustos y preferencias diversos. Algo que, desde luego, no resulta sencillo. Por eso, quizás, el resultado suele ser un programa salpicado de variedades, un de todo un poco que combina lo espectacular con lo mediático, el mainstream con lo local y lo tradicional con lo de más rabiosa actualidad para alcanzar, de esta manera, a jóvenes y mayores, a amantes de la copla y a indies, a rockers y a folkys, a horteras y a pijos, a catetos y a finolis. A apocalípticos y a integrados, en definitiva.

A taurinos, también. Lamentablemente en nuestras fiestas sigue habiendo corridas de toros, una costumbre tan atávica como cruel que muchos quisiéramos ir viendo cómo desaparece para dar paso a otros modos de celebración menos salvajes, más acordes con nuestro tiempo y, en definitiva,  más respetuosos con los demás, sean personas, animales o cosas.

Pero, parece que todavía no toca.

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Tiempo de lectura

El verano es tiempo de lectura. Parece que en verano leemos más, se lee más. Quizás lo hagamos intentando recuperar el tiempo que durante el resto del año por la premura de los días, por las derrotas de las noches, no hemos podido dedicar a la lectura. También, sobre todo, porque la placidez del verano invita a la lectura: los días luminosos, las horas más lentas, las noches amables…

Los días de verano son propicios para recuperar el placer de la lectura, ese hábito mentalmente saludable, incluso vicio íntimo, solitario –que no nefando– que nos lleva de la mano, normalmente, hasta el amor y el gusto por los libros.

Casi me atrevería a decir que, en verano, el placer es leer, siendo igual lo que se lea. Pero no. Los contornos del verano suelen encerrar epifanías lectoras, momentos de iniciación a la lectura, descubrimientos a través de diferentes autores o títulos que nos pueden conducir de las aventuras de los Cinco o de la cabaña del Tío Tom a las islas de Stevenson. Y de estos, sin tregua, sin pausa, a las complejas y cautivadoras tramas y  personajes de la literatura más clásica. Cada libro abre ante nuestros ojos mundos nuevos e infinitos. En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural.

Tiempo de lectura

Fuente: Freerange Stock

No sé si leer nos hace mejores. No creo que necesariamente. Pero estoy seguro que nos hace menos obtusos, más tolerantes, mejor dispuestos a la convivencia. En mejor predisposición de comprender el indudable valor de la cultura como artefacto enriquecedor de nuestras vidas.

De ahí la importancia de fomentar el placer de leer, de educar el hábito lector entre cuantos más mejor. En estos tiempos adversos  en los que tantas trabas se pone a la cultura para todos penalizando su acceso –el IVA cultural en este país es el más elevado de toda la Unión Europea con mucho, y los precios de libros, conciertos y espectáculos en ocasiones resultan prohibitivos–, las bibliotecas públicas deberían ocupar un lugar central y luminoso en nuestras ciudades, en sus barrios, en las calles y en las plazas. Pero no es así. Las bibliotecas languidecen y sobreviven en muchas ocasiones por el empeño vocacional, la creatividad y el compromiso de los bibliotecarios. Un perfil que algunos quisieran en extinción y que tanto tiene que ver con el de los viejos libreros.

Les cuento esto porque soy muy fan de las bibliotecas públicas y usuario de las de Motril, sobre todo de la de La Palma pero también de la de Santa Adela, en la que lamentablemente durante estos días de verano se puede leer un cartel en su modesta entrada que reza “Cerrada por mantenimiento”. No sé de qué se trata, pero convendría asegurar que en los meses de verano aprovechando la afluencia de gente en nuestras playas, esta biblioteca estuviera a pleno rendimiento, con un programa de actividades atractivo que diera mayor visibilidad a los servicios que presta.

No deja de llamar la atención la modestia de esta Agencia de lectura, que se encuentra a dos pasos del rutilante Centro de Desarrollo Turístico, sin actividad ni uso de momento conocido. Quizás no sería una mala iniciativa encontrar ahí un espacio de encuentro para vecinos y libros y de ese modo, recuperar algo de lo mucho que se ha gastado en ese barrio sin tener en cuenta a sus vecinos/as.

Cuiden las bibliotecas, mimen a los lectores. Los ciudadanos serán más críticos, es cierto, pero también serán mucho mejores.

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Días de verano

Como cada año, el verano se nos acaba viniendo encima. Avisando o sin avisar, cuando nos queremos dar cuenta  nos vemos envueltos en el fragor del estío, en todo lo que tiene de bueno y en todo lo que tiene de malo: el aroma de las noches que insinúan promesas de otras  vidas (im)posibles, el rumor del mar más cercano o el color y el tacto de nuestras pieles invitadoras al roce. Pero también, el eco ruidoso de la masificación, las carencias en servicios e infraestructuras de nuestra ciudad y de nuestras playas o, en fin,  la mala educación ciudadana de buena parte de veraneantes, visitantes y habituales.

Foto @pegaozillo

Foto @pegaozillo

De cualquier modo, resistimos y año tras año, afortunadamente, podemos disfrutar con deleite de los primeros días del verano, cuando éste apenas se anuncia. Esos días que contribuyen a conformar un estado de ánimo que nos guiará por las calurosas jornadas de julio, nos llevará de la mano por las fragantes noches de agosto y nos dejará inmersos en la puerta de su final, en septiembre, un mes de nostalgia y de ligeras tristezas.

Es verdad que ya no se puede hablar de veraneo en un sentido clásico para buena parte de la población: esas vacaciones de larga duración en el período y  en los lugares habituales.  La crisis y sus secuelas –que parece que hayan llegado para quedarse–, también ha podido con esta práctica merecida que se permitían una buena parte de los trabajadores y de los ciudadanos en este país. En este sentido, como en tantos otros, se ha ido agrandando la brecha de la desigualdad. Los hay que tienen veraneo y otros muchos no.

De cualquier modo, nuestras playas acogen durante estos meses a familias y veraneantes que ocupan campings, apartamentos y urbanizaciones. La población se multiplica y los servicios y las infraestructuras se resienten. La limpieza de las playas deja que desear, también la de calles y paseos. Todos los años es igual, a pesar de lo previsible de la situación.

Las miradas se dirigen, entonces, a los servicios municipales de limpieza y a la empresa pública que los gestiona, alimentando un debate interesado sobre la externalización de estos servicios en el que no suelen intervenir ni participar los ciudadanos, los contribuyentes. Tampoco es nuevo. Echen un vistazo a sus recibos de agua en los últimos años y comprueben las bondades de la privatización de ese servicio.

Sin embargo, más allá de la necesaria mejora de la eficacia de los servicios municipales de limpieza –la privatización de los servicios públicos no es por definición una mejora, ante todo es un negocio– convendría, también, poner el foco en la (mala) educación ciudadana. Adoptar unas mínimas normas de convivencia en los espacios públicos, pero también en los privados, sigue siendo una asignatura pendiente para unos y otros. Un asunto, éste, que no merece la atención de nuestros gobernantes.

Todavía, en general, se entiende que nuestros derechos son exclusivos, personales, no colectivos; incluso, excluyentes. Que nuestros intereses inmediatos están por encima de cualesquiera otros. Entonces, justificamos nuestros comportamientos invasivos o irrespetuosos con los demás o con lo público como si solo existiéramos nosotros y, por lo tanto, todo nos estuviera permitido. De ese modo, al final de la jornada, no es infrecuente que, entre otras cosas, calles y playas queden devastadas y presenten un panorama desolador.

Urge reclamar más educación ciudadana, más educación, al fin y al cabo, que brilla por su ausencia.

En estos tiempos difíciles que nos toca vivir, se nos intenta convencer de que la educación es cara. Pero, día a día, comprobamos que mucho más cara es la ignorancia, la falta de educación en todos sus sentidos.

Pongámosle remedio.

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Un año más, Vacaciones en paz

Un año más cientos de niños y niñas saharauis llegan a Andalucía y a otros lugares de España para ser acogidos durante dos meses por otras tantas familias que, de este modo, logran rescatarlos de las duras condiciones de vida que soportan en los campos de refugiados del desierto argelino en la provincia de Tinduf.

Son sus vacaciones en paz. Un proyecto humanitario puesto en marcha por las Asociaciones de amistad con el pueblo saharaui en colaboración con la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) que pretendía, inicialmente, alejarlos del conflicto armado que mantuvieron hasta 1991 con Marruecos, que invadió y ocupó el Sahara Occidental en 1975.

Un año más, Vaciones en pazHoy, cuarenta años después, se trata, sobre todo, de acogerles durante el verano para que puedan disfrutar aunque sea provisionalmente de unas condiciones de vida mínimamente dignas. De esto se ocupan aquí, en Motril y en su comarca, las más de cincuenta familias que durante los últimos años procuran hacer felices a estos niños y niñas.

Después de 24 horas de viaje, primero en camiones por el desierto hasta Tinduf, luego  en avión desde Argelia a Málaga para llegar en autobuses hasta Granada y, nuevamente, en buses arrivar a su lugar de destino en Motril, Salobreña, Molvízar, Torrenueva, Carchuna y Calahonda.

Se dice que la solidaridad es la ternura de los pueblos y, en este caso, es así sin ningún lugar a dudas. Las madres, los padres, los hermanos, las hermanas, las familias integran a los niños y niñas en su entorno en condiciones de normalidad y se ocupan fundamentalmente de sus revisiones médicas, atendiendo a sus posibles problemas de salud y, sobre todo, a facilitarles una alimentación adecuada que compense la insuficiente dieta a que están acostumbrados. Un tercio de los niños y niñas que vive en los campamentos sufre desnutrición crónica, según estimaciones del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Al final de su estancia entre nosotros, se crean sólidos y perdurables lazos afectivos y sentimentales entre las familias y los niños y las niñas acogidos que en ocasiones mueven a aquellas a querer visitar los campamentos y conocer directamente sus durísimas condiciones de vida en la Hammada argelina, la zona más inhóspita del desierto del Sahara.

Si esto no es posible, –viajar a los campamentos de Tinduf es complicado—al menos las familias adquieren un mayor conocimiento de la situación que sufre desde hace más de 40 años el pueblo saharaui.

Una triste historia

Abandonados por España en los últimos estertores de la dictadura franquista –El Sahara era una provincia española en 1975)–,invadido impunemente su país por Marruecos y expulsados a tierra de nadie por intereses de política internacional, entre 120 y 165 mil saharauis se empeñan en mantener la dignidad de su pueblo aprendiendo a sobrevivir día a día en los 4 campamentos que bautizaron con añoranza con los nombres de las principales ciudades de su patria ocupada: El Aaiún, Dajla, Smara, Auserd.

Desde entonces, la ocupación marroquí divide el territorio entre el Sahara ocupado y los campamentos de la provincia de Tinduf con un muro de 2.720 Km, protegido con más de 7 millones de minas antipersona. A su vez, la población saharaui que no abandonó los territorios ocupados del Sahara occidental ve vulnerados diariamente sus derechos humanos, sufriendo vejaciones, cárcel y represión por parte de las fuerzas de ocupación marroquíes.

Las condiciones de vida en el desierto argelino son duras. La mayoría de la población vive en tiendas, sin agua corriente, y dependen de la ayuda internacional externa para subsistir, una ayuda que va decreciendo con los años.

Sin embargo, no es fundamentalmente esta triste historia la que mueve mayoritariamente a las familias a acoger a los niños saharauis. Detrás hay, sobre todo, sentimientos sinceros, humanitarios y de solidaridad con los niños y niñas.

Como en tantas otras cosas, una vez más la sociedad civil va por delante del Estado tomando iniciativas solidarias que, en cualquier caso,  no dejan de reclama un país más decente en todos los sentidos.

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A vueltas con la Publicidad Institucional: La Administración anunciante

El número 89 de la Revista digital iberoamericana especializada en Comunicología Razón y Palabra, publicaba mi artículo “El Gobierno de España como Anunciante publicitario: La publicidad institucional y comercial de la Administración General del Estado (2008-2013)”, en el que trato de indagar sobre los efectos de la Ley de Comunicación y Publicidad Institucional,  transcurridos cerca de diez años de su publicación en 2005.

Por mi actividad profesional, muy relacionada con esta práctica, desde siempre me ha interesado este fenómeno publicitario por lo que pretendía profundizar en él, en sus rutinas y procedimientos, desde una perspectiva académica. Trataba de concretar desde el rigor, mi percepción sobre la manera  en que desde la Administración se resolvía esta tarea y, por otro lado, desvelar la utilización que de la publicidad se hace desde la Administración a instancias del Gobierno de turno en función de determinados intereses.

El Gobierno de España anunciante

Los artículos científicos son el soporte aceptado por la comunidad académica para la difusión de la investigación en los diferentes ámbitos de la ciencia, también como no puede ser de otro modo, en el de las Ciencias Sociales. La literatura académica da homogeneidad a la presentación de resultados de investigación y permite su difusión y su valoración por la comunidad académica. Sin embargo, sus requerimientos de estructura, redacción y formato suponen ciertas limitaciones para el desarrollo de determinados temas.

Como no tenía experiencia en la elaboración de este tipo de artículos, la tarea para poder presentar adecuadamente los resultados de la investigación y toda la información recopilada me ha resultado ardua y muy costosa, lo que me ha obligado a dejar bastantes cuestiones por el camino que aunque no desvirtúan ni el planteamiento inicial ni los objetivos que propuse no me han permitido transmitir determinados matices que completarían la visión general que, finalmente, se ofrece.

Por si les interesa, les resumo algunas de las principales conclusiones del trabajo:

  • La Administración General del Estado es, probablemente, el mayor anunciante publicitario en nuestro país, destinando mayor números de recursos económicos a la publicidad comercial de sus empresas, actividades e intereses que a la propiamente institucional (informaciones de interés general dirigidas a la colectividad con finalidades sociales, educativas o culturales).
  • La Ley de Publicidad Institucional aprobada en 2005 ha permitido ordenar la actividad publicitaria que venían desarrollando los diferentes ministerios, sus entidades y organismos y, también, camuflar algunas campañas con objetivos claramente políticos dentro de las diversas categorías que establece la Ley. Ello es posible porque para su categorización no se considera principalmente el contenido del mensaje, sino el objetivo de la campaña.
  • Sigue existiendo un agujero negro en el conocimiento real del dinero que se gasta la Administración General del Estado en Publicidad, al no registrarse a estos efectos todas aquellas contrataciones inferiores a 3.000 euros, los denominados contratos menores tan frecuente y cotidianamente utilizados por todos los departamentos ministeriales.
  • Cada vez es mayor la utilización de Internet en las campañas publicitarias públicas, sin embargo no se incluyen en esta consideración o en otra que podría ser comunicación institucional la creación de páginas web, portales verticales y horizontales y la creación y gestión de perfiles sociales por parte de los diferentes organismos y departamentos ministeriales. Una tendencia al alza que supone un importante coste económico que queda diluido en los presupuestos generales de los diferentes organismos por lo que no permite asegurar su eficiencia económica. Un ejemplo ilustrativo es el de la creación y lanzamiento de la Plataforma RedTrabaj@ en el año 2010, con un coste publicitario de más de 3,6 millones de euros y un efímero recorrido, al desaparecer en el mes de noviembre de 2011, sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que tan importante proyecto se proponía.
  • Por último, señalar que la pretendida solidez de la Ley de Contratos del Sector Público Estatal, también presenta grietas en este terreno. A pesar de los rigurosas clausulas y procedimientos administrativos, resulta posible torcerla con triquiñuelas técnicas y que se den contrataciones con planificaciones de medios imposibles, como es el caso de la Campaña del Ministerio de Sanidad “Hay Salida” de 2012 que destinó mayores presupuestos a sus inserciones en prensa a determinados medios con menor número de lectores (La Razón, La Gaceta…) que a los de mayor audiencia.

Razón y Palabra Revista digital especializada en Comunicología

Todas investigación académica pretende contribuir a la reflexión y al debate académico para avanzar en el conocimiento de los distintos fenómenos. “A hombros de gigantes”, ya saben. Y ésta es, también, la pretensión de este trabajo: contribuir al avanza en la investigación sobre Publicidad Institucional. Por mi parte,  si me es posible, pretendo completar este trabajo con la investigación de la actividades publicitaria en las Administraciones Locales y, por otro lado, con la utilización de Internet, medios sociales y aplicaciones en las estrategias de comunicación de las Administraciones Públicas.

Si siguen por aquí, les iré contando.

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La Formación no está, ni se la espera

Tres años y cinco meses después de la anunciada reforma de la formación para el empleo, el gobierno da a luz, con carácter urgente, el Real Decreto ley que pretende ordenar una vez más un desaprovechado modelo de formación para los trabajadores y para la competitividad de las empresas. No es el primer intento. Desde 1996 se han sucedido diferentes reformas de este sistema impulsadas por unos y otros gobiernos: reformas, chapuzas y retocados cosméticos en la mayor parte de los casos. Unas con acuerdo con los agentes sociales, otras sin él y algunas mediopensionistas. Pero, hasta la fecha todas ineficaces por su incapacidad de asegurar el destino final de los importantes recursos económicos que moviliza y, sobre todo, porque la formación entendida como un proceso de aprendizaje con valor en el desempeño profesional, en el empleo y como contribuidora a la viabilidad de las iniciativas empresariales, siempre ha sido lo menos importante. Ahora, también.

aprendizaje_460Veintidós años después de su puesta en marcha, ahora se pretende que el nuevo modelo permita consolidar en el sistema productivo una cultura de formación profesional y favorecer la creación de empleo estable y de calidad; algo que suena a discurso hueco, a fuegos de artificio, una vez más. Lo que se persigue, sobre todo, es salir en clave electoral como adalides de la lucha antifraude de los fondos de formación. Poco más.

Lo más relevante de esta reforma quizá sea que, por un lado, se relega a los agentes económicos y sociales a un segundo plano, a un papel poco relevante en la práctica, concediendo todo el protagonismo a la Administración. Por otro, el aumento de las medidas que pretenden impedir el fraude con el aumento de los mecanismos de control, a través de la creación de una unidad especial de inspección en la Inspección de Trabajo y Seguridad Social.

De la formación más bien poco. Si acaso el espacio que se abre para la participación de los centros y entidades privadas de formación, la centralidad de las iniciativas de formación de las empresas y la participación de alguna manera de todas las empresas en la financiación de las iniciativas de formación.

Por lo demás, medidas que dependen de su desarrollo reglamentario, como el marco de planificación, ejecución y evaluación permanente y otras que quedan en el limbo, como el cacareado Cheque de formación para los parados o la Cuenta de formación para todos los trabajadores. Eso sí, muchas palabras clave: transparencia, calidad, eficiencia, controles, estabilidad, coherencia…

Las organizaciones empresariales y los sindicatos se han quejado bajito. Al fin y al cabo el trámite parlamentario del Real Decreto ley puede presentar oportunidades para su modificación. Tampoco han levantado la voz las comunidades autónomas, ocupadas quizás en otros afanes, cuando el nuevo modelo propuesto sigue sin resolver su encaje en la gobernanza del sistema, uno de sus problemas endémicos.

El Servicio Público de Empleo Estatal se reserva la parte del león en cuanto a programación, gestión y control de la formación profesional para el empleo, contando con el apoyo técnico de la Fundación Estatal para la Formación en el Empleo (actualmente Fundación Tripartita, antes FORCEM), que además realizará funciones de apoyo en el desarrollo estratégico del sistema. Una Fundación ésta que, una vez más, deberá adoptar las medidas necesarias para adaptar su organización a lo establecido en la nueva norma, pero que mantendrá su estructura monolítica con un equipo directivo que permanece prácticamente inalterable desde la noche de los tiempos, gracias a su capacidad para nadar y guardar la ropa.

A la vista de lo anterior cabe preguntarse, una vez más, sobre la importancia que se da a la  formación desde la Administración y sus responsables políticos cuando, por ejemplo, no se adoptan medidas concretas y efectivas de apoyo a las pequeñas y medianas empresas para su acceso generalizado a la formación y los trabajadores autónomos siguen quedando prácticamente fuera del sistema.

Por último, convendría detenerse a reflexionar sobre la configuración de estos dispositivos de formación que se han revelado ineficaces para contribuir a mitigar la sangría del desempleo, para la recualificación de esos trabajadores y, sobre todo, por la irrelevancia de la cualificación profesional de los trabajadores a la hora de ser requeridos para ocupar puestos de trabajo cada vez más precarizados.

Por eso, la formación no está ni se la espera, tampoco en esta nueva reforma. Al menos, de momento.

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No tengo dinero, pero tengo amor

Nuestros gobernantes se empeñan en consolidar el discurso del crecimiento económico actual y de sus previsiones futuras, halagüeñas, según ellos. Somos líderes en crecimiento, campeones de la recuperación, un ejemplo de cómo se sale de la crisis para toda Europa. La crisis ya es historia, sentencian sin pudor.

Sin embargo algo falla: según un reciente informe de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), España es el país desarrollado en que más sube la desigualdad. La realidad no cuadra.

Una de las principales causas es el aumento del desempleo en las rentas más bajas, aunque tampoco haya que perder de vista que, según señala este informe, los españoles y españolas han visto cómo sus salarios se han reducido aproximadamente un 6% desde 2009. –Curiosamente, desde 2007 la productividad en España no ha dejado de incrementarse (al rededor de un 8% acumulado)–.

El aumento del desempleo en los últimos cinco años ha resultado imparable, alcanzándose cotas indecentes.  A pesar de ello, el gobierno y sus adalides, entre ellos, muchos medios de comunicación celebran, por ejemplo, que la tasa de paro en España baja por primera vez desde 2011 del 24% (EPA 3T). Es un buen dato, se nos dice, porque en un trimestre el número de parados disminuyó en 195.200 personas y, así las cosas, la cifra total de desempleados en España está en 5,428 millones de personas. Por lo tanto, estamos en la buena dirección, nos cuentan, y las reformas estructurales emprendidas están dando sus frutos. Ya ven.

Cerca de siete millones de personas, el 16,6% de los hogares, están en riesgo de pobreza energética en España, según la segunda edición del Informe elaborado por la Asociación de Ciencias Ambientales, hecha pública en marzo de 2014. Esta es otra causa del desempleo, la pobreza energética, que impide a las familias pagar las facturas de suministros básicos, como agua, luz y gas. Condenados a volver a sus casas cada día para aspirar el sentimiento de la derrota más profunda en todos sus rincones.

En junio de 2013 el gobierno de España en respuesta a una pregunta parlamentaria de Cayo Lara, coordinador federal de Izquierda Unida, sobre el número de desahucios desde 2006 y, con datos del Consejo General del Poder Judicial, manifestó que se produjeron las siguientes ejecuciones hipotecarias: 2006 (16.097), 2007 (17.412), 2008 (20.549), 2009 (37.677), 2010 (54.250), 2011 (64.770), 2012 (75.375). Según el Banco de España los desahucios subieron en 2013 en relación a 2012. En los 6 primeros meses de 2013 hubo 19.567 desahucios, lo que arrojaba una media diaria de 216 desahucios diarios.

El Salario Mínimo Interprofesional en España es de 645,30 euros mensuales, repartido en 14 pagas. En Francia es de 1.425 euros, en Gran Bretaña, 1.244, en Bélgica, 1.472. En Grecia, 683 euros. Por debajo de España se sitúa Portugal, con 565 euros. En todos los casos repartidos en doce pagas. La crisis ha hecho crecer el número de trabajadores que cobran el salario mínimo y ha disparado las contrataciones a tiempo parcial con retribuciones por debajo de esta cifra. Algunos estudios estiman que en España tres de cada diez contribuyentes a Hacienda no alcanzan siquiera estos 645 euros.

Todos los anteriores son datos reales de fuentes fiables, informaciones veraces y contrastadas. A pesar de ello, sin embargo, hay personas que creen que la situación descrita no es real, sino que se trata de visiones catastrofistas de los sospechosos habituales. Son los que han comprado sin dificultad el discurso complaciente de los los gobernantes (la mayoría silenciosa), cuando no  su desprecio: resulta que la vicepresidenta del gobierno no se queja de su salario (75,744 euros brutos anuales); además, trabaja tanto que no tiene tiempo para gastar lo que gana; o directamente el insulto y la desvegüenza: el problema de los niños y niñas de la comunidad de Madrid es la obesidad, no la malnutrición, escupe en el parlamento regional ese personaje turbio que es Ignacio González.

Se trata, ahora a las puertas del año electoral, de cambiar la percepción de los otros ciudadanos, de la minoría silenciada y si no, de mirar hacia otro lado.

Como Sacha Nairobi: que no tiene dinero, pero tiene amor.

Mientras que las calles se visten de iluminación navideña, los parados, los pobres, los más desfavorecidos, van del comedor social a sus asuntos; del banco de alimentos a la cola del paro, de la puerta del colegio de los niños a casa de los suegros. De la tristeza al desaliento, cuando no a la desesperación. Y así van viviendo. Y así, tratarán de convencernos,  tendrán que vivir. Así tendrán que morir.

Aceptar ese discurso de los poderosos sería convertir el crecimiento económico en un oximoron, una contradicción en sí misma. Música celestial, en fin. Una mezquindad que, ahora sí, nos acercaría definitivamente a nuestros gobernantes.

Y yo, no quiero.

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