Personal

Atardeceres

Procuro empezar el día lentamente, para hacerme a la idea. Con el tiempo he ido disponiendo rutinas, desplegando manías: café, cigarrillos, silencio; contemplar las primeras luces del día cuando despunta el sol en el Oeste mirando los colores que dibuja en el mar; dejarme ir entre imágenes y pensamientos espontáneos. No pensar en nada, en nadie. Me doy tiempo para acostumbrarme, lentamente, al devenir del día. Es mi primer refugio. Luego, viene todo lo demás que, cada vez con más frecuencia, es como un gran paréntesis, un tiempo vano entre corchetes.

Crepúsculo

En cuanto puedo, cierro el paréntesis y busco de nuevo un cobijo: en tardes propicias procuro asistir al espectáculo de luz y color del atardecer que fulmina la vega del Guadalfeo y se extiende hacia el mar dando tonalidad al crepúsculo.

Más difícil resulta acostumbrarse a la deriva de la vida.

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General, Poesía

Colliure, 2017

Debería ser una visita obligada, la tumba de Antonio Machado en Colliure. Yo fui más tarde de lo que debía, seguro. Pero, al final del verano pude acercarme, visitar la tumba del poeta y su madre, doña Ana, y pasear por esa pequeña ciudad francesa que le acogió ya moribundo, vitalmente derrotado.

Quise imaginar su tristeza, la inmensa desolación que posiblemente le invadiera en aquellos días de febrero de 1939. Quise sentirme orgulloso de su dignidad y de su grandeza de poeta.

Recordé sus últimos versos: Estos días azules y este sol de la infancia.

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General, Lecturas

Generación del 27: Ellas, las creadoras invisibles

Eran compañeras de Lorca, de Dalí, de Alberti. Eran las mujeres que en el Lyceum Club Femenino (fundado en 1926 por María de Maeztu) crearon un espacio propio en la sociedad y lo tomaron sabiendo que era suyo. Un espacio enterrado, como tantos otros en 1939, para acabar con sueños de libertad e igualdad.

En Las Sinsombrero, Tania Balló recupera y muestra las historias olvidadas de las mujeres que formaron parte de la Generación del 27 y que fueron víctimas de la masculinización de lo intelectual, un mal endémico de la historia, como señala la autora. La obra de ellos volvió, se reconoció y se incluyó en los libros de historia. La de ellas sigue, 90 años después, sin formar parte de la nómina de creadores que les pertenece. El exilio, unido al hecho de ser mujeres, las llevó a la invisibilidad.

portada_las-sinsombrero_tania-ballo_201601121707Sin embargo, las mujeres existieron, crearon y triunfaron como poetas, pintoras, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras de enorme talento. A través de su arte y activismo desafiaron y cambiaron las normas sociales y culturales de la España de los años 20 y 30.

Las Sinsombrero hace referencia al gesto que protagonizaron Lorca, Dalí, Margarita Manso y Maruja Mallo de pasear sin sombrero por la Puerta del Sol en Madrid para dejar salir sus ideas, sus inquietudes. Un desafío a los convencionalismos sociales, una transgresión en la indumentaria como forma visual de mostrar en sociedad la confrontación con lo establecido y el rechazo a las costumbres impuestas, que mereció todo tipo de insultos y descalificaciones.

Sin ellas, la historia no está completa

Son las mujeres que se quitaron el sombrero, ese corsé intelectual que las relegaba al papel de esposas y madres. Que participaron sin complejos en la vida intelectual española en los años veinte y treinta. Son esas mujeres que salían en las fotos de grupo de la Generación del 27, pero no en los pies de foto explicativos: Rosa Chacel (novelista y poeta), Ernestina de Champourcín (poeta), Margarita Gil Rösset (escultora e ilustradora), María Teresa León (novelista), Maruja Mallo (pintora), Concha Méndez (poeta y editora), Josefina de la Torre (novelista, poeta y actriz), Ángeles Santos, pintora, María Zambrano (filósofa). Mujeres libres y rompedoras que anticiparon e hicieron posible a las mujeres de hoy.

El libro de Balló repasa la vida de estas mujeres, sus obras y las circunstancias, en muchos casos dramáticas, en las que tuvieron que trabajar y vivir: el siglo XX fue un tiempo convulso para las mujeres, una época en la que tuvieron que asentar su espacio de poder intelectual mediante un esfuerzo y una valentía ingentes. Este es el caso. Con la lectura de las Sinsombrero se disfruta del placer de descubrirlas gracias a su personalidad y a sus realizaciones relatadas a través de textos bien construidos que comparten una estructura común y que, finalmente, da como resultado un ejercicio de lectura y de memoria delicioso. Llevamos demasiado tiempo conociendo la historia en masculino y las Sinsombrero contribuye a que sea posible que la Generación del 27, por fin, alcance el género neutro.

El libro de Balló, el proyecto de Las Sinsombrero, es una invitación, muchas veces desde la ternura, a conocer a esas mujeres que miraban ese tiempo de frente, a esas mujeres que eran algo más que “mujeres de..” para descubrir que eran “mujeres que…” cambiaron el rumbo de la historia, que crearon, que amaron, que triunfaron y, sobre todo, fueron ellas mismas.

Balló nos invita a conocerlas, a ellas y a las que no están en el libro, porque aún estamos a tiempo de descubrirlas: Carmen Conde, poeta;  Elena Fortún, escritora; Norah Borges, pintora y xilógrafa; Ruth Velázquez, poeta y pintora; Lucía Sánchez Saornil, poeta y sindicalista; Rosario Pi, directora y productora de cine y tantas otras pintoras, poetas o compositoras.

Pero compensar es, también, una obligación ética. Aunque las tendencias cambian y, poco a poco, el relato va tomando matices más equilibrados, aún hay mucho trabajo por hacer. La integración plena y real de las mujeres aún dista bastante de ser una realidad efectiva a todos los niveles. Todavía quedan muchos mitos por derribar y aún más prejuicios por destruir.

Reseña publicada en Álabe, Revista de la Red de Universidades Lectoras.

Imprescindibles – Las Sinsombrero (Las mujeres de la Generación del 27)

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La vida, Lecturas

Muchos años después, gracias Gabo

Se fue Gabriel García Márquez en una muerte discretamente anunciada. Y por una vez, el espacio ocupado y la tinta derramada ante la desaparición de una personalidad pública, no me parecen exagerados. Ni impostados e insinceros los reconocimientos, comentarios y trabajos periodísticos de medios, articulistas, escritores y agencias informativas.

Claro que desde que cayó en mis manos la edición del Círculo de Lectores de Cien años de soledad, hace tantos años, me sentí cautivado por el escritor colombiano.

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Cautivo y desarmado sigo, tantos años después, ante la irremediable magia de sus palabras y la arquitectura de sus tramas. Por eso, muchos años después, sigo dedicándo mi retorno  a la lectura de esa historia inicial e inabarcable,  al menos una vez al año. Como a un dios pagano.

Algunos de ustedes saben que no soy de listas –quizás por mi carácter desorganizado– y que cuando en alguna ocasión he tenido que relacionar libros leídos que me han dejado huella, siempre ha estado entre ellos Cien años de soledad, a pesar de que habitualmente me deje algunos imperdonables –la última vez,  las empresas y tribulaciones de Maqrol el Gaviero, a pesar de mi devoción confesa por Mutis y casi toda su obra–; pero ese, nunca.

Siempre me gustó García Márquez escritor, novelista, contador de historias; siempre me interesó más que el periodista. A partir de Cien años, desde La hojarasca a Historia de mis putas tristes, incluso. Pasando, desde luego, por El amor en los tiempos del cólera.

La magia de sus historias, la grandeza de alguno de sus personajes, la desmesura de muchas de sus escenarios quizás se evidencia en la imposibilidad de su traslado al cine, a la vista de los desafortunados resultados.

Aún hoy, muchos años después, puedo recordar la expectativa ante la publicación de la nueva novela, entonces, de García Márquez: El amor en los tiempos del cólera en edición tan sencilla como eficaz de Bruguera. Libros para hacerse con ellos, entonces, de cualquier manera, mientras transitábamos por el  COU en un tiempo tan convulso como añorado hoy.

Siempre me cayó bien García Márquez, Gabo. Su aparente timidez cercana –al menos desde mi perspectiva de espectador–, sus lealtades  políticas sin grandilocuencias; su perseverancia en la distancia con el escribidor Varguitas, su estupenda guayabera en la ceremonia de entrega de los premios Nobel en 1982… Ya digo, siempre me gustó el pendejo.

Y me seguirá gustando, seguro, por lo que mantendré mis rituales y continuaré con la búsqueda de diferentes ediciones de Cien años de soledad para conservar la costumbre de su contumaz lectura sin perseguir objetivos concretos, a pesar del maleficio de no poder recordar buena parte de sus pasajes, ni de describir con certeza el perfil de tantos de sus personajes, tantos años después, tras múltiples lecturas, tan reiteradas como maravillosamente inútiles.

 

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Personal, Relatos

El mismo día, la misma noche, el mismo sueño

[Casi un relato]

A esas horas las calles que ascienden al Albaicín son como un lamento oscuro.

De vuelta a casa, siempre ya entrada la madrugada, Lamia mira distraída por la ventanilla del taxi. Todas sus noches se parecen, son la misma noche: la idéntica rutina, casi las mismas caras –o al menos eso le parece a ella- , los trucos y engaños, las precauciones, su habilidad para salir disparada y coger un taxi y volver a su habitación para despojarse de la pegajosa sensación de inmundicia; de una miseria cotidiana que, aunque distinta, tiene mucho que ver con la pobreza de la que pretendía escapar cuando llegó hace años a la costa de Almuñécar.

Ansía llegar a su oscuro cubículo, desnudarse, dejarse mecer por el amanecer y llevarse por ese sueño denso y recurrente que le ocupa.

Siempre el mismo sueño.

En el sueño es esa mujer hermosa, de una belleza discreta, que vive el mismo día, día tras día confinada en ese carmen en el arrabal del Albayzín, que no deja de contemplar cómo la Alhambra se ilumina cada mañana con la primera luz y después, con el transitar de las horas, se viste de oro viejo en el atardecer sangriento de Granada. Allí está cautivo su esposo, Abü Abd Allä Muhammed b. ‘Ali, heredero del trono de Alhamar.

El sultán, Abu-l-Hassan, ha perdido la serenidad dejándose arrebatar por la impaciencia. La tenacidad cristina en el asedio, las rencillas internas y su gusto por los placeres cercanos –el vino, las concubinas, su joven amante cristiana, las qasidas de los poetas de La Alhambra– han desbaratado, quizás para siempre, la grandeza de su reino.

El rey quiere que olvide el abrazo todavía leve de su esposo, reciente, casi un roce en su joven cuerpo; fugaz en su recuerdo. Que reniegue de la dignidad y la fe de Alí Aliatar, su padre, señor de Xagra, alcaide de Loja, alguacil mayor del reino de Granada. Que renuncie al amor y a la fe. Al deseo del cuerpo de su amado, a su linaje y a la religión como su razón de ser.

Pero su determinación es firme y hace de este lugar su Mirador de la esperanza, el carmen de sus sueños. De ese modo recorre las calles de Granada, las que conducen a las murallas, los barrios, los Adarves, la red de pasadizos, de callejuelas cubiertas; ese laberinto que ofrece aislamiento y silencio placentero; no como el que padece ahora, impuesto. Pasea por sus jardines: el de la Tumba, el del Estanque del Valle, la Vega del Barranco, la Ribera de Hixam, el Jardín del Arin, el de Cadah ben Sahnuc; por sus arboledas y sus huertas. Y contempla desde el Cerro del Sol la ciudad de La Alhambra, residencia de sultanes, administradores y cancilleres en la que ella apenas será reina.

Tiene la certeza de que Aixa, la madre de Boabdil y todavía esposa del sultán, no consentirá la cautividad de su hijo y acordará con los abencerrajes su liberación y su proclamación como emir más pronto que tarde.

Ahí comenzará su recorrido, su desventura como última reina nazarí del reino de Granada, el dolor por la separación de sus hijos, su exilio como primera y única reina de Las Alpujarras; la traición de los cristianos. Y los adioses: al destierro desde Yahr –al- Wada y el definitivo sin los suyos, a la muerte, desde el Valle de Lecrín, vestida con un humilde hhaik.

Ilustracion_Verano húmedo_Laura_Perez

Cuando Lamia despierta, ya con el sol avanzando hacia su cénit, sabe que está soñando el infortunio de su pueblo, su destino desdichado, su desgracia y la de su familia, ya tan lejos. Pero que, al fin, vuelve al que fuera el reino de los suyos gracias a ese otoñal profesor de suaves maneras que, invariablemente los jueves en una de las habitaciones traseras del club, se mueve con sabiduría antigua entre sus muslos, repasa sus caderas y delinea caricias ancestrales recorriendo sus hermosos pechos mientras, entre susurros, le cuenta la historia de la tierna Morayma, la sufrida esposa del rey Chico.

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Lecturas, Personal


“Presentar la vida como escenario de un pacto laborioso entre el sueño y la realidad, entre los estragos del tiempo y lo incierto del futuro”.

Libros, tramas, nombres

Señala José Carlos Mainer como uno de los retos del entonces inicial escritor Ignacio Martínez de Pisón;  además de construir personajes a través de su ausencia.

Lo hace en el excelente Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española 1944-2000, una historia de nuestra literatura reciente que es, a fin de cuentas, un modo de lectura, un volver a contarlo.

Una invitación a seguir siendo lector de sus tramas, de sus libros, de sus nombres.

El escenario de la vida

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