Muchos años después, gracias Gabo

Se fue Gabriel García Márquez en una muerte discretamente anunciada. Y por una vez, el espacio ocupado y la tinta derramada ante la desaparición de una personalidad pública, no me parecen exagerados. Ni impostados e insinceros los reconocimientos, comentarios y trabajos periodísticos de medios, articulistas, escritores y agencias informativas.

Claro que desde que cayó en mis manos la edición del Círculo de Lectores de Cien años de soledad, hace tantos años, me sentí cautivado por el escritor colombiano.

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Cautivo y desarmado sigo, tantos años después, ante la irremediable magia de sus palabras y la arquitectura de sus tramas. Por eso, muchos años después, sigo dedicándo mi retorno  a la lectura de esa historia inicial e inabarcable,  al menos una vez al año. Como a un dios pagano.

Algunos de ustedes saben que no soy de listas –quizás por mi carácter desorganizado– y que cuando en alguna ocasión he tenido que relacionar libros leídos que me han dejado huella, siempre ha estado entre ellos Cien años de soledad, a pesar de que habitualmente me deje algunos imperdonables –la última vez,  las empresas y tribulaciones de Maqrol el Gaviero, a pesar de mi devoción confesa por Mutis y casi toda su obra–; pero ese, nunca.

Siempre me gustó García Márquez escritor, novelista, contador de historias; siempre me interesó más que el periodista. A partir de Cien años, desde La hojarasca a Historia de mis putas tristes, incluso. Pasando, desde luego, por El amor en los tiempos del cólera.

La magia de sus historias, la grandeza de alguno de sus personajes, la desmesura de muchas de sus escenarios quizás se evidencia en la imposibilidad de su traslado al cine, a la vista de los desafortunados resultados.

Aún hoy, muchos años después, puedo recordar la expectativa ante la publicación de la nueva novela, entonces, de García Márquez: El amor en los tiempos del cólera en edición tan sencilla como eficaz de Bruguera. Libros para hacerse con ellos, entonces, de cualquier manera, mientras transitábamos por el  COU en un tiempo tan convulso como añorado hoy.

Siempre me cayó bien García Márquez, Gabo. Su aparente timidez cercana –al menos desde mi perspectiva de espectador–, sus lealtades  políticas sin grandilocuencias; su perseverancia en la distancia con el escribidor Varguitas, su estupenda guayabera en la ceremonia de entrega de los premios Nobel en 1982… Ya digo, siempre me gustó el pendejo.

Y me seguirá gustando, seguro, por lo que mantendré mis rituales y continuaré con la búsqueda de diferentes ediciones de Cien años de soledad para conservar la costumbre de su contumaz lectura sin perseguir objetivos concretos, a pesar del maleficio de no poder recordar buena parte de sus pasajes, ni de describir con certeza el perfil de tantos de sus personajes, tantos años después, tras múltiples lecturas, tan reiteradas como maravillosamente inútiles.

 

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