Extraños en el paraíso

Cuesta entender la invasión sin grietas de la muerte en nuestro entorno más cercano, a pesar de aceptar su presencia infalible y la inevitabilidad de su aparición. Nos defendemos como podemos, pero cuando nos alcanza cerca experimentamos muchas de las dimensiones del dolor y nos aproximamos a las sensaciones del vacío, a pesar de que nos empeñemos en cavar zanjas para evitar el olvido. Las muertes cercanas nos desarman, nos desarbolan.

Otras muertes nos conmueven, nos conmocionan o nos sorprenden por lo inesperado, por sus circunstancias, porque se llevan alguno de nuestros referentes o de nuestros personajes más queridos; esos que nos han ayudado y nos ayudan a entrever los perfiles de la realidad, los matices de la vida. A disfrutar de ilusiones o a adquirir conciencia de su sinsentido. Muertes públicas de diferente alcance en función del personaje y de la agenda de los medios.

La semana que hoy termina comenzó sin Carlos París y sin Philip Seymour Hoffman, que se fueron de diferente modo, con distinto ruido, ocupando espacios informativos dispares.

Carlos París

Me dolió la muerte de Carlos París, no sólo porque le conocí a través de su hija Inés en tiempos remotos, casi de la infancia, sino, sobre todo, por sus cualidades de pensador y por su compromiso coherente hasta sus últimos días. Por su modo de entender la intervención en la realidad de los intelectuales, de su papel en sociedades injustas. Su labor en la Academia, su producción científica, su compromiso político, su empeño en abrir nuevos espacios de reflexión, de pensamiento y debate en el Ateneo de la calle Prado, señalan la trayectoria vital de un hombre de su tiempo, honesto y cabal que siempre supo cuál era el sitio que le correspondía.

La muerte de Philip Seymour Hoffman fue otra mala noticia.

Para mi ha sido, y seguirá siendo, uno de esos actores con los que disfrutas con su presencia en las pantallas, tocados con el don y la cualidad de activar con sus interpretaciones los resortes de las emoción.

Cuando me enteré de su muerte creí ver una señal en el hecho de que una semana antes salí del cine conmovido y lleno de sensaciones después de ver El último concierto, como hacía mucho tiempo que no sentía después de una película.

Creo que hasta esta semana nunca había sido capaz de decir su nombre de corrido, y cuando me refería a él tenía que recurrir a comentar alguno de sus papeles en cualquiera de las películas que podía recordar. Por ejemplo, en la mala película Y entonces llegó ella, ese papel memorable como amigo del protagonista, de actor fracasado pero repleto de ego que, finalmente, interpreta su gran papel en la vida real, fuera de la pantalla. Casi siempre en papeles no protagonistas, como segundo violín.

Desde el último fin de semana, digo y escribo de corrido su nombre completo apenas sin dificultad.

Su muerte se anunciaba precedida de sus circunstancias,  de la inquietante presencia de la heroína, del descubrimiento de su cuerpo en un apartamento del neoyorkino barrio de West Village con una jeringuilla todavía en el brazo.

Philip Seymour Hoffman

Posiblemente, para muchos, su adicción a la heroína simplifique su muerte a pesar de que, en realidad lo que hace es señalar la complejidad de su vida. Una vez más, muchos, no se explicarán cómo es posible que personas ‘normales’ o que disfrutan del éxito y la fama, tocados por la magia del talento, puedan caer en el paisaje oscuro y devastador de la droga, la heroína.

No será fácil explicarlo. Resultará difícil entender que, de algún modo, se pueda buscar desesperadamente un hueco de suavidad y silencio más allá de lo real, un espacio mullido solo de uno, no compartido, conformado por la soledad más desnuda. Será complicado comprender la gratificación de reconocer la intimidad, casi la ternura, del rastro de tristeza que nos entrega la vida. No resultará fácil compartir que para ello haya que arrastrarse por las cloacas más miserables de la existencia humana.

Perdedores, quizás, de esta vida. Extraños en el paraíso.

[Han sido bastantes las secuelas periodísticas de la desaparición de Philip Seymour Hoffman. Durante este verano extraño me encuentro todavía con una más que interesante.  Le Carré, a partir de sus vistas al rodaje de la adaptación  cinematográfica de su novela El Hombre más buscado traza un excelente retrato de su protagonista: Philip ]

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7 comentarios

Archivado bajo La vida

7 Respuestas a “Extraños en el paraíso

  1. “un hueco de suavidad y silencio más allá de lo real, un espacio mullido solo de uno, no compartido, conformado por la soledad más desnuda”

    Leerte me ha hecho pensar en la caricia de la tristeza. ¡Precioso post Jose!

    No había visto esa película, gracias por el trailer. Y no sé si te había dicho que me gusta tu blog con tanta luz, aunque la reflexión sea dulcemente triste, como la de hoy.

    Un abrazo.

  2. Juana

    El “paraiso” está en el “centro” de todos los infiernos … las drogas te llevan allí, pero … el precio a pagar es que tienes que atravesar tarde o temprano todos los infiernos interiores … está todo tan cerca … tan pegado …

  3. Creo que la clave está en la palabra “desesperadamente”, todos buscamos eso que tú tan bien explicas “un hueco de suavidad y silencio más allá de lo real, un espacio mullido solo de uno, no compartido, conformado por la soledad más desnuda.”, la diferencia es que algunos lo buscan con tal desesperación, con tal urgencia (tal vez porque lo que los rodea es todo bullicio y fuegos fatuos), que caen en pozos de los que luego es muy difícil (diría “imposible”, pero no quiero), salir.
    Gracias por decir lo que yo también pienso, pero mejor de lo que yo lo diría.
    Un abrazo.

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