Álvaro Mutis, soñador de navíos

Llevaba semanas anclado en las proximidades del puerto y a la vista –borrosa- desde la orilla del mar. Sin lugar a dudas era un carguero, con el olor y el rumor de un buque viejo, de podridas maderas y hierros averiados.

Invariablemente, allí estaba; por las mañanas, cuando caminar por la playa es como despertar de un sueño de gaviotas, destacando sus colores de minio, como si quisiera brillar y llamar nuestra atención. Al atardecer, cuando el mar se deja ganar por colores dorados, pareciendo apagarse entre las brumas del final del día.  Allí estaba, modificando levemente su posición por mor de los vientos: ora mostrando la popa ora la proa, a veces orientado a babor, otras, las más, a estribor.

Enseguida pensé en Mutis y escarbé por los estantes para rescatar algunos de sus relatos. Más que las andanzas de El Gaviero, lo que ya me empezaba a parecer una visión me reclamaba otras historias más cercanas a su fascinación por los navíos y sus viajes que parece que desde siempre atrajeran a Alvaro Mutis, como una especie de testimonio de nuestro destino sobre la tierra, una metáfora de posibles vidas.

La última escala del Tramp Steamer

Encontré escondido entre los gruesos volúmenes de las Empresas y tribulaciones… y de Los contextos…, un pequeño ejemplar, amarillento, de una curiosa edición de La última escala del Tramp Steamer, ese carguero casi fantasma que aparece y desaparece con lentitud de saurio malherido,  como un enigma circular por el transcurso vital del narrador, llevando a bordo y alrededor personajes memorables, delineados con precisión y ternura (sobre todo aquellos en los que la vida parece que pertenezca a cierta categoría de naufragio, en la que todo se va al fondo irremediablemente), como Jon Iturri, el capitán de navío vasco-francés que daba la impresión de haber estado en algún sitio semejante a los círculos del infierno de Dante; Abdul Bashur, armador de Beirut, de modales pausados y palabras gentiles; o Warda, la hermana de Bashur, aparición de una belleza absoluta.

La Última escala del Tramp Steamer tiene el mejor de los comienzos posibles: una dedicatoria a G.G.M : ‘Esta historia que hace tiempo quiero contarle pero el fragor de la vida no lo ha permitido ’ y unos versos de Pablo Neruda:  El fantasma del buque de carga.

A partir de ahí, todo es puro deleite: el viaje por las cuencas del Orinoco y del Amazonas, las interminables noches  — tan breves para el lector– en la ciénaga bajo el cielo constelado, de una fosforescencia tibia y palpitante, en las que Iturri cuenta su historia. Y la presencia de Warda, una levantina cien por ciento,  de grandes ojos negros de mirada lenta y pelo negro, azulado, de intensidad de miel, no sólo satisfecha sino orgullosa de su sangre árabe.

Un historia en la que los personajes hacen el amor con la lenta y minuciosa intensidad de quienes no saben lo que va a suceder mañana. Una historia de amor, la historia de amor que existe desde el principio de los tiempos, repetida al infinito sin perder su terrible sencillez, su irremediable desventura.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Esta mañana, al bajar a la playa mi Tramp  Steamer no estaba en el horizonte. Quizás le llegó el flete esperado. Quizás el capitán del carguero encontrara, por fin, una carga ocasional para llevar no importa adonde arrastrando su silueta por mucho más tiempo del que pudiera hacernos predecir su precaria condición. Quizás le apremiara la llegada del otoño.

Quizás el armador, porqué no libanés, se enteró anoche de la muerte de Álvaro Mutis y partiera hacia ningún lugar para dar ocasión a otro soñador de navíos a imaginar su última escala.

Que te acoja la muerte| con todos tus sueños intactos … (Amén)

Homenaje de despedida a Álvaro Mutis en Papeles Perdidos

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo La vida, Lecturas, Personal

4 Respuestas a “Álvaro Mutis, soñador de navíos

  1. aleksortizr

    Me gustó tu publicación, conocí a Mutis con este libro y también me pareció maravillosa la cita de Neruda al comienzo. La historia del tríptico de mar y tierra es sencillamente enternecedora. Lloré a Mutis el año psado y le agradecí tantas dulces líneas de viajes y evocaciones. Saludos desde Medellín

  2. Precioso el discurso que enlazas del que saco esta nota: “nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos” 🙂
    Casi se siente a las gaviotas…

    • Gracias, Isabel.
      Tus comentarios, breves o extensos, tienen la virtud de alegrarme el día.

      Vuelvo de un fin de semana de excursión por la sierra de Cazorla, satisfecho y encantado, y cuando me salta que tengo tengo un comentario tuyo a este post, ya casi llegando a casa, se me dibuja una sonrisa.

      Me gustan muchas historias, muchos escritores pero, Mutis, quizás porque le descubrí tarde, me ha regalado momentos de fascinación a través de sus personajes y de sus historias. Por eso le tengo cierto apego.

      Me alegro que sientas las gaviotas; yo las veía.
      Los amigos no necesitan encontrarse con frecuencia, cuando lo hacen saben que lo son porque no hace falta explicarlo.

      Gracias Isabel ;-))

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s