La Conjura de los Medios

Estamos inmersos, una vez más, en una nueva campaña electoral y asistimos, por lo tanto, a uno de los espectáculos más deplorables de la política entendida como un mero mercadeo en el que todo vale –incluso la indecencia– por un puñado de votos. En este escenario, los medios de comunicación tienen un papel determinante. Son los responsables de organizar el espectáculo como si de un festival se tratase: nuevos formatos televisivos, debates telemáticos, entrevistas íntimas… Pero no todos los candidatos son los elegidos. Los medios deciden y proponen a quiénes hay que votar y, sobre todo, a quiénes no. Esta circunstancia no es nueva, pero en esta campaña mediática resulta especialmente llamativa la exclusión que, sobre todo, los grandes medios de comunicación han decidido sobre el candidato de Unidad Popular–Izquierda Unida, Alberto Garzón.

rajoy-bertin-mejillonesLos medios de comunicación son empresas informativas, empresas privadas. Cada vez más empresas y, desafortunadamente, menos informativas. Su finalidad, como la de cualquier otro negocio, es la obtención de beneficios y su maximización. Hasta no hace demasiado tiempo esa lógica empresarial tenía un importante matiz: los medios además, por definición, debían cumplir una función social: la de informar. Ya no es así. La profesión periodística ha sido arrasada en aras del negocio. Al fin y al cabo, los medios son uno de los pilares centrales de la preservación del sistema.

En esta ocasión, al margen de sus preferencias partidistas, los medios han decidido que las opciones políticas que deben presentarse a los ciudadanos para su consideración son cuatro, ni una más ni una menos. Son las adecuadas para la banalización de la política y poder mostrar el perfil más amable y anecdótico de los líderes de esas formaciones. Contribuyen, por ejemplo, a humanizar al candidato Rajoy; a mostrar el encanto del candidato Sánchez, el dinamismo de Rivera o la presunta insolencia de Iglesias, pretendiendo fijar en nuestras mentes poco más que eslóganes y promesas.

De propuestas concretas y programas, nada. Así se decide que nos fijemos en los candidatos, en sus aficiones y en sus gustos y, sin embargo, ignoremos sus realizaciones, lo que ya han hecho en su acción de gobierno. Se oculta o se da por amortizado, por lo tanto, que, por ejemplo, el candidato al que se contribuye a humanizar representa a un partido roído por la corrupción que, con sus políticas, ha sumido en la miseria a millones de españoles, dejándolos sin casa, sin trabajo, sin derechos y sin ayudas. Que el partido de Sánchez vive inmerso en sus propias contradicciones, después de reformar de forma vergonzante la Constitución para seguir siendo legítimos ocupantes de cargos y representación en las más altas instituciones del Estado. Que Iglesias se ha perdido definitivamente de tanto buscar la centralidad del tablero político y que del proyecto inicial e ilusionante de Podemos queda poco más que la coleta. Que Rivera, por fin, es una operación de marketing político del liberalismo económico para facilitar el gobierno de unos o de otros, lo mismo da.

De Alberto Garzón sabemos poco de su esfera privada. Si acaso que es una persona joven y preparada. Un candidato interesante. Uno de los mejor valorados por los ciudadanos, en la calle, por la gente de a pié. Sin embargo, sí que sabemos que viene de lejos y que reclama una nueva constitución, un proceso constituyente desde abajo protagonizado por la ciudadanía, fruto del consenso ciudadano y no de las élites. Quizás por eso no sea de extrañar el ostracismo al que le condenan las grandes corporaciones mediáticas. Es el precio por ser de izquierdas. Es el castigo por querer un nuevo país en el que el poder no siga estando en las mismas manos, en las de los siempre poderosos.

Aquí abajo, en Granada, el candidato del PP es el paradigma de la derecha tradicional y rancia de Andalucía, la que representa a la oligarquía, a los señoritos y sus familias, a los que siempre han mandado. En contraposición, el candidato de Unidad Popular–Izquierda Unida, Diego Castillo es una persona sencilla, uno de los más de cuatro millones de parados que las políticas de su partido ha dejado en los alrededores de la miseria, en los umbrales de la pobreza. Pero de esto no se hablará, los medios no se ocuparán de ello. No les interesa.

Por eso, el 20 D puede ser el día de los valientes. Una buena ocasión para desbaratar la conjura de los necios.

No la dejen pasar.

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Terror en París. Acotaciones

  1. La barbarie y el terror no dejan de conmocionarnos nunca. Sin embargo, pareciera que hayamos desarrollado mecanismos colectivos que nos permiten su asimilación a lo largo de la historia sin que aparezca la necesidad de buscar soluciones justas para que no se repitan. Y, también, para no preguntarnos por qué no dejan de hacerlo.
  2. Los 129 muertos en París no pueden tener justificación alguna, ni humana ni política o religiosa ni según cualquier otra consideración.
  3. París todosTampoco pueden tenerla los tres mil muertos de las Torres Gemelas (2001); los 202 de Bali (2002); los 171 en Irak; los 106 en Kerbala y los 65 en Bagdad (2004). Igual que los 191 que fueron asesinados en los trenes de cercanías en Madrid ese mismo año y  las 56 muertes causadas por explosivos en el metro de Londres en 2005, ni los 60 turistas muertos en hoteles en Amán (Jordania) y los 185 en tres suburbanos de Bombay (2006). Como tampoco los 250 al estallar cuatro camiones bomba en Nínive (Irak) y los 130 en Karachi en 2007. Los 165 en Bombay en 2008. Los 77 asesinados en Noruega en 2011. Los 126 escolares en Pecharvar (Pakistán) en 2014. Ni la masacre en Charlie Hebdo, ni los 147 muertes de Garissa (Kenia), las 38 de Túnez, las 102 en Ankara y los 41 muertos en Burch Barache en el Líbano; todos ellos en este año de 2015. Tampoco, desde luego, las víctimas de las guerras de Irak, Kuwait o Afganistán.
  4. Los muertos se hundirán en el cajón oscuro de la memoria colectiva, mientras que sus seres queridos los acomodarán en el recuerdo ténebre de su frustrada presencia. Si acaso su memoria —ni siquiera sus nombres— servirán de excusa y justificación para próximas venganzas con la misma determinación y frialdad con que actuaron los ejecutores de los seis atentados simultáneos en la sala de fiestas Bataclan, en la Terraza de Bonne Biere, en Saint Denis, en le Petite Camboyanne y en el Boulevard Voltaire. Pero, esta vez, en montañas lejanas de la vieja Europa.
  5. Convendría traer a escena y recordar episodios más o menos cercanos en los que no se han dejado de tomar decisiones geopolíticas y estratégicas desde la codicia, la rapiña o los intereses de las grandes potencias internacionales.: Palestina, El Sahara, Kosovo, Irak, Kuwait, Afganistán, Líbano, Siria… Escenarios abonados, todos ellos, para ser alimento adecuado del fanatismo y de la sinrazón.
  6. Los actos de guerra ya no son monopolio de los Estados. Ya no. En esta tercera guerra mundial a pedazos que parece que estemos viviendo, hemos aprendido a reconocer otros nombres del terror: Al Qaeda, Hezbollá, Estado Islámico o Daesh,… etc. que se erigen en avanzada de la venganza y de la Yihad.
  7. Lo fácil, lo inmediato, lo políticamente correcto, la zona de confort desde la que nos dejan intervenir es aceptar los marcos conceptuales que nos proponen para que pensemos en el elefante de la primacía de la civilización occidental y nos sintamos reconfortados al viralizar que todos somos París, o a declarar solemnemente que el dolor de Francia es el dolor de España. En fin.
  8. Lo complejo, lo difícil, es lo que va más allá de los sentimientos y de las emociones. Salirse de las respuestas y de las venganzas a corto plazo. Lo arriesgado es buscar soluciones para acabar con las desigualdades, la inequidad y la injusticia con el principal objetivo de universalizar los derechos humanos a lo largo del planeta, por encima de cualquier otra consideración.

A quién no interesa.

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27 de septiembre, AL ALBA

En Hoyo de Manzanares, una pequeña localidad al noroeste de Madrid, los primeros días de otoño anuncian sin timidez la llegada del invierno. Al fondo, los perfiles de la sierra de Guadarrama se muestran en todo su esplendor. Hoy todavía, además de un plácido lugar de vacaciones, su término municipal cuenta con diversas instalaciones militares (sobre todo, campos de maniobras, algún polvorín y retenes de guardia). No lejos de allí se levanta el Valle de los caídos, el mausoleo que glorifica el franquismo, un monumento insólito e impensable en cualquier sociedad civilizada.

albaEn uno de esos recintos militares, cuando despertaba aquel 27 de septiembre de 1975, al alba, un pelotón de soldados voluntarios fusilaba a tres jóvenes antifranquista (los otros dos lo fueron en la prisión de Burgos y junto al cementerio de Collserola, cerca de Barcelona). Fueron los últimos de los muchos ejecutados por el régimen de Franco, un dictador que ocupó el poder haciendo del terror su principal argumento y se despidió del mismo modo, dejando su impronta en un paredón de fusilamiento. Muchos creyeron que se trataba de uno de los últimos estertores del franquismo, una dictadura que agonizaba. Pero se equivocaban.

Cuarenta años después de aquellos fusilamientos, las huellas y las sombras del franquismo permanecen indelebles a través de algunos de sus símbolos y, sobre todo, en modos de pensar y en patrones de comportamiento. Un logro exitoso resultado de una estrategia planificada y comprometida por las élites militares, institucionales, económicas y religiosas que ocuparon el poder en beneficio de sus intereses durante buena parte de nuestra historia reciente.

De este modo, a estas alturas del siglo XXI España continúa siendo el segundo país del mundo en número de desapariciones forzadas, detrás de Camboya. Todavía quedan cerca de 150 mil muertos clandestinos en fosas y cunetas que condenan a sus familiares y a la sociedad en su conjunto a una situación triste e inhumana.

Todos los intentos por cerrar este dolor han resultado estériles. Se ha impuesto el discurso del olvido y la impunidad frente a la necesidad de la memoria colectiva para conocer la verdad de unos hechos que delinean las dimensiones del horror, un episodio digno de formar parte de una historia universal de la infamia.

Por eso, como en tantos otros asuntos, una vez más la sociedad civil ha tenido que tomar la iniciativa a través del trabajo, de las actividades y del compromiso de investigadores, activistas, familiares y ciudadanos. Todos ellos, desde diferentes ámbitos, dedican su esfuerzo a  recuperar la memoria, a reconstruir las circunstancias de aquellos hechos, a situar los lugares donde fueron asesinados cobardemente los desafectos, los enemigos –hombres y mujeres condenados sin juicio por el simple hecho de no ser como ellos, por no pensar de su mismo modo–. A que se sepan todos sus nombres. A que se desentierren e identifiquen sus huesos y vuelvan a la tierra recuperando su dignidad de seres humanos.

Aquí, en Granada y en la Costa, desde hace algunos años el movimiento memorialista procura que la sociedad deje de mirar hacia otro lado y dedica sus esfuerzos a localizar y señalar Lugares de la Memoria o a procurar romper la invisibilidad impuesta a algunos de los hechos que tuvieron lugar entre nosotros, como los crímenes de la carretera Málaga-Almería, la Desbandá –uno de los mayores crímenes de civiles de la historia, prácticamente desconocido más allá de nuestras casas–.

Frente al desdén y el desprecio del Gobierno de España y a la tibieza y equidistancia, en ocasiones, de las administraciones más cercanas, la labor de las Asociaciones apoyando el trabajo de investigadores y profesionales y organizando proyectos de investigación y actividades de difusión está contribuyendo al conocimiento de muchos de esos hechos y de sus circunstancias. En definitiva, a la socialización del dolor.

Sin embargo, lo que queda por hacer es mucho. Pasa, sobre todo, por el reconocimiento institucional de administraciones, gobiernos y medios públicos de comunicación de la importancia de esa tarea que, si somos capaces de llevarla a cabo, nos permitirá afrontar el futuro con la conciencia de saber que vivimos en un país decente.

No olviden.

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Yo no soy racista, pero…

En los últimos dos años se ha disparado el número de refugiados y desplazados en el mundo y han empezado a llegar a Europa, donde se esperan 900 mil en 2015. Se trata de la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

Ha sido necesario que las imágenes del horror entraran en nuestras casas para que se tomara conciencia de una realidad que no ha dejado de estar presente en la construcción de nuestro mundo: las guerras siempre han causado estragos y, lamentablemente, no hay perspectiva de que acaben a corto plazo.

Pero, hasta ahora, el problema era de otros, estaba en países lejanos. Sin embargo, en los últimos años el Mediterráneo se ha convertido en una tumba para miles de refugiados que intentan acercarse y compartir nuestra libertad.

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En nuestro país, en nuestra ciudad, como en la mayoría de países y en muchas ciudades europeas, se están produciendo movimientos de solidaridad, aunque también existen actitudes xenófobas que se oponen a la acogida de refugiados. Se trata de una solidaridad emocionante, pero también de un egoísmo indignante quizás alimentado por el miedo al otro, por la desconfianza y, también, por la mezquindad con la que los gobernantes y poderosos imponen sus criterios y su modelo de vida deshumanizado.

De este modo, no resulta infrecuente asistir a conversaciones sobre el asunto en las que alguno de los interlocutores manifiesta su opinión con la introducción “Yo no soy racista, pero…” seguida de argumentos y razones que de haberse impuesto a lo largo de nuestra reciente historia habrían impedido desvelar la vergüenza del Holocausto o la derrota de los fascismos para procurar un futuro de paz y prosperidad en las sociedades europeas.

Un egoísmo que es fruto de la simplificación, de la ausencia de perspectivas vitales o de sentimientos primarios de supervivencia que reclaman que lo primero, lo único, son los nuestros, lo nuestro.

No es extraño, tampoco, cuando los gobiernos que han desmantelado el estado del bienestar y que han condenado a millones de personas a la pobreza extrema han destinado la mayoría de sus fondos a convertir Europa en una fortaleza. O cuando se habla de cuotas, como si detrás de las cifras no hubiera vidas humanas, personas con nombre y apellidos –la mitad de los refugiados son menores de 18 años y de éstos la mayor parte de ellos, niños–. Y desde luego, cuando se extiende la sospecha de que entre ellos se colarán fanáticos religiosos y terroristas. Una estrategia que pretende confundir a la población para que acepte que la acogida de refugiados se trata de un gesto de caridad y no de garantizar uno de los derechos humanos, el del asilo.

Sin embargo, afortunadamente, una vez más la iniciativa civil está empujando a los gobiernos e instituciones para que pongan los medios necesarios para salvar vidas de una forma eficiente y humana. De esta manera, muchas ciudades están poniendo a disposición de los refugiados espacio y servicios y lo que es más importante: la voluntad ciudadana para asegurar pan, techo y dignidad para los que huyen de la guerra y del hambre, entendiendo que la interminable huida del ser humano nos ha convertido en lo que somos.

La generosidad y la solidaridad es lo que más grandes hace a los pueblos porque contribuyen a conformar la verdadera identidad de un país que permanecerá a lo largo del tiempo. Mucho más que las campañas de imagen como la fallida acerca de la “Marca España” debido a su impostura.

La gente, mucha gente, está dispuesta a ayudar con dinero, con comida, con ropa, ofreciendo alojamiento o de cualquier otra manera. El estado debe hacer lo que le corresponde, pero ¿Y tú, aparte de hablar y opinar, qué haces?

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El fin del verano, de nuevo

Con lo cohetes en la playa del último día de la Feria se acaba el verano; eso se ha dicho siempre en Motril. Este año, además, el viento de poniente  se ha sumado al final de la fiesta anunciando la inminencia del fin de los días de verano.

Apartamentos y urbanizaciones en las playas comienzan a vaciarse a partir de estas fechas. Chiringuitos, restaurantes, locales ven cómo el día a día va flojeando aunque siguen confiando en recuperar el ajetreo y el negocio durante los fines de semana. Los niños y niñas saharauis vuelven a sus campamentos de refugiados a sobrevivir aferrados al sueño de retornar algún día a su país ocupado y poder sentirse, de nuevo, hijos de las nubes como sus antepasados.

El fin del verano

Fuente: unclavoardiendo.com

Se echa encima septiembre, un mes amable y acogedor en la Costa, de atardeceres lentos que invitan a caminar con calma a orillas del mar. Nos gana septiembre con su aroma de melancolías.

Poco a poco, la ciudad va dando la espalda a la playa, que va adquiriendo un aspecto cercano a la desolación, de cierto abandono, de precariedad en sus calles e infraestructuras. Pronto, con las primeras lluvias, volverán las sempiternas inundaciones, las balsas de agua en el Pelaíllo, los charcos y goteras en Santa Adela y Varadero. Sin embargo, la ciudad va recuperando su pulso. De nuevo empieza el curso en todos sus ámbitos: escolar, político, municipal, cultural, deportivo…. y no dejamos de tener la sensación de que entramos en el tedioso bucle de la cotidianeidad. Y, cómo no, otra vez el fútbol, ese espectáculo de distracción masiva que ocupa la centralidad de la vida de tantos y que mueve las emociones de propios y extraños.

Los días vuelven a ser frenéticos: colegio, trabajo, actividades… Es la hora de los y las valientes, madres y padres para los que la conciliación de la vida laboral y familiar no es más que una expresión vacía y ajena a su realidad, normalmente conformada por un empleo precario o con condiciones laborales salvajes en el que no queda otro remedio que resistir. También es el momento de los imprescindibles, de los abuelos y de las abuelas que, cada vez más, hacen posible con su entrega y dedicación que las cosas puedan salir adelante, sobre todo en los hogares más humildes.

En nuestra ciudad se cumplirán los primeros cien días del nuevo equipo de gobierno municipal y con ellos el fin de la cortesía institucional. Ya no habrá excusas; es la hora de la verdad: las promesas electorales deberán cumplirse, las expectativas generadas, tomar forma, la cohesión y la solidez del equipo de gobierno municipal, hacerse visible. Sobre todo, convendría ya, después de este período, ir desterrando del vocabulario de ediles y responsables municipales la expresión herencia recibida, tan querida por unos como denostada por otros. Ya no toca.

Son muchos los asuntos por resolver, innumerables los problemas que aquejan a la ciudad y que sufren a diario sus ciudadanos y ciudadanas. Para empezar será interesante comprobar si se tiene voluntad de gobernar la ciudad de otro modo, de ejercer otra manera de hacer política abriendo las puertas y las ventanas de la gestión municipal a la participación de la sociedad civil. Una participación que no resulte meramente formal ni cosmética, sino que se traduzca en la implicación real de la ciudadanía en la resolución de los asuntos que les afectan.

En los próximos meses veremos también cómo se va perfilando el diseño del modelo de ciudad que quieren para Motril sus gobernantes y si no se desaprovecha de nuevo la oportunidad para hacer de nuestra ciudad una comunidad más justa, más equilibrada socialmente, más responsable y sostenible medioambientalmente, más imaginativa en la definición de su modelo productivo. En fin, una ciudad como espacio de convivencia para todos sus habitantes.

Vamos a ello.

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Sequía informativa

Como no podía ser de otra manera, el verano también trae cambios en el panorama de la información, sobre todo en los contenidos y el tratamiento que los medios de comunicación ofrecen de la actualidad informativa. Los días de verano abren una especie de paréntesis en los medios que se rellena con becarios y becarias, con menos páginas en la prensa escrita y con programas ligeros y pretendidamente refrescantes (léase horteras y/o chabacanos) en la televisión.

A pesar de ello, en los días de verano no son extraños los sobresaltos informativos. Especialmente en el ferragosto saltan noticias e informaciones que vienen a perturbar esa realidad calmada. En el ámbito político, este año una de estas ha sido ese encuentro tan natural del Ministro del Interior con  Rodrigo Rato, al parecer para hablar sobre los graves riesgos que corre la seguridad del expresidente del FMI por las amenazas que recibe desde las redes sociales (se supone que mientras se da chapuzones en el mediterráneo desde la cubierta de su modesto yate o mientras teje tramas de ingeniería contable y financiera en beneficio propio).

sequia informativaDesgraciadamente, otras que no resultan infrecuentes durante estos días son las terribles noticias sobre crímenes machistas, violencia contra los menores y otras formas de la violencia que no cesa. Noticias que son cruda realidad.  Treinta y cuatro mujeres ya han sido asesinadas durante lo que va de este año 2015. Un crimen de género cada siete días, un horror que evidencia uno de los lados más espantosos, terribles y oscuros de la sociedad en que vivimos.

Pero hay otras muertes durante los días de verano. Las de los que se van con discreción, con elegancia en muchos casos, en silencio o por sorpresa en buena parte de ellos. Muertes de verano que estos días se han llevado, entre otros, a Javier Krahe y a Rafael Chirbes por ejemplo, y que muchos hemos sentido desde nuestra memoria histórica sentimental.

Por aquí, en casa, los medios locales tampoco son ajenos a este paréntesis: mucha información sobre fiestas patronales, procesiones marianas, ediles y Alcaldes o Alcaldesas ora en traje oscuro y gesto institucional ora de corto y tejanos en la Feria de día o en el concierto estrella de las fiestas.

La información escasea y algunos periodistas de raza –todavía quedan– procuran paliar la sequía informativa en los aledaños de las corporaciones en busca de su scoop. En cualquier caso, los medios locales pasan de puntillas por temas de mayor calado, por asuntos socialmente sensibles como las movilizaciones contra la externalización de algunos servicios en la fábrica de la celulosa, en Torraspapel, y el consiguiente adelgazamiento de la actividad productiva y la precarización del empleo. O sobre la situación y el futuro de Limdeco. Incluso acerca de la necesaria regeneración de Radio Televisión Motril.

No deja de resultar llamativa la aparente inacción del equipo de gobierno municipal en relación con las necesarias actuaciones políticas y de gestión que reclaman con urgencia las empresas públicas municipales, de modo muy especial Limdeco y Radio Televisión Motril.

Ésta última languidece ante el estupor de sus excelentes profesionales que esperan cambios en la Dirección que permitan modernizar y profesionalizar su gestión para asegurar su viabilidad empresarial, garantizar la pluralidad informativa y dar la vuelta a su lamentable y penosa programación para que responda a criterios de servicio público. En definitiva, para rescatarla de ese dudoso honor de ser la segunda televisión pública andaluza más manipulada en la que la situó los años de gestión de los que siempre tienen el afán de dominar, en este caso, del Partido Popular.

A qué esperan.

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Días de Feria. Mejor sin toros

El verano es tiempo de fiestas. A medida que avanza, sus días van jalonándose de diferentes festejos y de ferias de localidades, pueblos y ciudades que, de este modo, celebran con sus vecinos costumbres y tradiciones, además de pretender atraer a visitantes y turistas con actividades y conciertos.

En la Costa, desde San Juan –cuando Salobreña celebra sus fiestas patronales–, en los meses de julio y agosto se va completando un calendario festivo que pasa desde Carchuna en los primeros días de julio, a La Caleta y Torrenueva en torno a la festividad de la virgen del Carmen y que alcanza su apogeo durante el mes de agosto con las fiestas patronales de Calahonda, Motril y Almuñécar.

Castillo de fuegosDe la importancia que llegan a tener estos eventos como uno de los indicadores de la (buena o mala) gestión municipal es buena muestra que en los ayuntamientos suela existir un área o una concejalía de Fiestas que ocupa un lugar central en sus equipos de gobierno. Porque no deja de ser habitual el runrún de las valoraciones subjetivas de unos y de otros, las comparaciones de lo organizado un año con el anterior, de lo hecho por estos y aquellos. En fin, los ayuntamientos se esmeran en destacar a través de iniciativas y actuaciones y en lograr satisfacer los gustos de la mayor parte de los vecinos y vecinas con programaciones diversas que, además, procuran atraer el mayor número de visitantes y turistas.

Sin lugar a dudas, unas buenas fiestas contribuyen a conformar la imagen de la ciudad que se pretende proyectar hacia afuera y, tal y como quieren que sean las cosas (vamos camino de basarlo todo en el turismo, de ser un país de camareros y poco más), esto no deja de tener su importancia. Este es el principal interés de la Feria de Motril este año, según palabras de su Alcaldesa, “convertir estas Fiestas en un referente turístico, una cita que atraiga cada vez más gente a nuestra ciudad”.

No es tarea fácil. Como en tantas otras cuestiones la clave está en saber y poder diferenciarse, en ser capaces de dotar a las ofertas y programaciones festivas de una identidad propia que contribuya a su atractivo. Y esto no es flor de un día, sino que se consigue con intencionalidad y a través de una trayectoria coherente, con sentido a lo largo del tiempo. Un buen ejemplo de ello es la oferta cultural que, verano tras verano, se viene desarrollando en Salobreña con su festival Tendencias o con la deliciosa Música en los rincones, también con los entrañables conciertos y recitales que suelen programarse en el lavadero de La Caleta, iniciativas todas ellas que procuran aprovechar al máximo los encantos de la Villa y sus anejos.

En ese afán por llegar a todos debe contemplarse necesariamente, también, la gratuidad de buena parte de las actividades programadas y, en su caso, el establecimiento de precios no discriminatorios, populares. Para la mayor parte de las familias, la pretendida recuperación económica es poco más que una afirmación interesada, demagógica, ficticia.

En cualquier caso, hay que reconocer la compleja tarea de técnicos municipales y programadores que deben estirar ajustados presupuestos para diseñar ofertas que respondan a  gustos y preferencias diversos. Algo que, desde luego, no resulta sencillo. Por eso, quizás, el resultado suele ser un programa salpicado de variedades, un de todo un poco que combina lo espectacular con lo mediático, el mainstream con lo local y lo tradicional con lo de más rabiosa actualidad para alcanzar, de esta manera, a jóvenes y mayores, a amantes de la copla y a indies, a rockers y a folkys, a horteras y a pijos, a catetos y a finolis. A apocalípticos y a integrados, en definitiva.

A taurinos, también. Lamentablemente en nuestras fiestas sigue habiendo corridas de toros, una costumbre tan atávica como cruel que muchos quisiéramos ir viendo cómo desaparece para dar paso a otros modos de celebración menos salvajes, más acordes con nuestro tiempo y, en definitiva,  más respetuosos con los demás, sean personas, animales o cosas.

Pero, parece que todavía no toca.

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