Salvar los medios de comunicación: una propuesta atrevida

En este conciso pero provocador trabajo, Julia Cagé, profesora del Instituto de Estudios Políticos de París, no sólo elabora una innovadora propuesta de modelo de negocio para los medios de comunicación. Va más allá, al proyectarlo hacia la democracia y la economía en crisis repensando la propiedad privada y la posibilidad de una superación democrática del capitalismo. La discusión sobre los modelos de financiación de la prensa en el entorno digital es un debate recurrente en el terreno académico y profesional.  Para Julia Cagé, el modelo de financiación de la prensa en la era digital pasa por la creación de entidades sin ánimo de lucro para sostenerla. Para llegar a la formulación de esa propuesta, Cagé realiza una invitación a reflexionar sobre cómo nos informamos en la era de Google y del uso que hacemos de los medios de comunicación, a través de un diagnóstico preciso de la situación que permite comprender mejor quién produce la información, cómo se difunde y quién la consume.  

Para la autora, es necesario repensar el modelo económico de los medios de comunicación porque a pesar de ser un bien público, la información no puede ser producida directamente por el Estado, al igual que otros muchos bienes culturales. Por lo tanto, es preciso avanzar hacia un modelo como el de otras industrias culturales que permita superar la ley del mercado y del beneficio y, a la vez, escapar al control del Estado. De este modo, la información sería considerada como un bien público, un pilar de la participación política y de la democracia. La función social de los medios de comunicación conlleva que la profesión periodística ocupe un papel fundamental como mediadora entre los hechos y la sociedad dado que la actividad informativa debe velar por el derecho universal que tienen los sujetos a una información veraz, completa y objetiva. El análisis de la joven economista francesa consigue que nos replanteemos la posición de los medios de comunicación frente al control del poder económico y la publicidad para conseguir un equilibrio en el que su principal objetivo sea prestar un servicio de interés público.

El panorama desalentador de los medios en España.

En la presentación del libro en nuestro país, Julia Cagé calificaba la situación de los medios en España de “particularmente desgarradora”. La crisis ha arrasado con 11.000 puestos de trabajo: una cifra que, comparada con la de EEUU, donde 15.000 periodistas se han ido al paro en un país cuya población multiplica por siete la española, ilustra lo precario de la situación. Señalaba además que “los medios españoles están muy endeudados y dependen demasiado de los bancos”.  Sin lugar a dudas, el precariado (la nueva clase de trabajadores generada por la pérdida de salarios, empleos y derechos) es una circunstancia que afecta de modo directo a los medios de comunicación ––aunque tampoco puede hablarse de una novedad, conociendo la desmedida práctica de las empresas informativas españolas y de sus medios de comunicación de utilizar recurrentemente a jóvenes becarios––. Esta situación de la profesión periodística es sólo uno más de los elementos que configuran un panorama desalentador de los medios en nuestro país intensificado por el desplome de ventas y facturación publicitaria de los periódicos de papel, la desaparición de puntos de venta, la caída de la difusión y la transición hacia el entorno digital.

Los amos de la información en España.

Desde finales de la década de los noventa, las dinámicas de concentración han estado presentes en el panorama de los medios españoles, intensificándose durante el siglo XXI para dar lugar a un contexto empresarial en el que las fusiones, adquisiciones, y conexiones entre las industrias mediáticas tejen una compleja red de intereses e influencias para el periodismo.  En España no existe ningún tipo de regulación de los monopolios de prensa. Tampoco se pone coto a la concentración en el sector radiofónico ni en el terreno de la televisión, donde la legislación está orientada a auspiciar los procesos de concentración. “La connivencia entre los poderes económicos, mediáticos y políticos revela un panorama mediático repleto de interconexiones e intereses cruzados”.  Privatización, formación de conglomerados y transnacionalización son hoy en día tendencias comunes a los seis grupos que están detrás de los principales diarios españoles de referencia, tejiendo una compleja red en la cual la imbricación de las industrias culturales pone en serio riesgo las posibilidades reales de un pluralismo mediático efectivo.

En España existen seis grandes grupos de comunicación que facturan anualmente por encima de los 500 millones de euros: PRISA, Antena 3 (Atresmedia), Mediaset España, Unedisa, Vocento y Mediapro. Otros grupos considerados menores según este criterio, como Godó o Zeta, sí ostentan no obstante una posición muy destacada en el sector prensa. A excepción de Mediaset, todos estos conglomerados están presentes en el terreno del periodismo impreso.

En el artículo citado de Nogales y Mancinas se llega a reveladoras conclusiones. Los siete principales diarios españoles (El País, ABC, El Mundo, La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, El Correo, La Razón) pertenecen a seis grupos de comunicación con numerosos puntos comunes. Entre otros, cuentan en su accionariado con la implicación o la participación de sectores ajenos a la comunicación (banca, aseguradoras, inmobiliarias, etc.). Tienen una importante proyección nacional, y en la mayoría de los casos, también internacional. Dentro de estos grupos de comunicación se sitúan publicaciones ideológicamente enfrentadas entre sí y/o a la tendencia editorial del propio grupo en pos de la rentabilidad económica, lo que constata la contemplación del medio de comunicación como un sector industrial más, regido únicamente por las lógicas de mercado. Estas características comunes que constituyen el perfil del grupo de comunicación español, son la demostración de la adopción de la lógica de mercado ultraliberal por parte del sector mediático en España.

Las múltiples interconexiones que existen entre estos grupos mediáticos, materializadas en acuerdos, alianzas, inversores y elementos comunes dificultan en la práctica la posibilidad de un pluralismo real en el panorama de la prensa española de referencia. En consecuencia, los periodistas realizan su labor dentro de una compleja estructura empresarial con vínculos políticos y económicos y de una dinámica que lleva a los grupos de comunicación a distribuir discursos de tendencia unívoca a nivel planetario. El periodismo cada vez se encuentra con más trabas debido a dos factores: los intereses estructurales (los dueños interconectados que están detrás de los medios) y las exigencias que la publicidad, los grupos de poder privados y los gobiernos ejercen con respecto al mercado mediático. Una maraña de intereses, de alianzas, absorciones y grandes fusiones que también salpica al periodista en bloque.

Leer la reseña completa en álabe, 17, Revista de la Red de Universidades Lectoras, http://www.revistaalabe.com.

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Troppo Mare. El viajero

Pretendieran tus ojos estos mares felices,

esta orilla encendida.

Pretendiera esta luz tu corazón viajero.

[Javier Egea. Troppo Mare. Isleta del Moro, 1980.

Esdrújula ediciones]

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Generación del 27: Ellas, las creadoras invisibles

Eran compañeras de Lorca, de Dalí, de Alberti. Eran las mujeres que en el Lyceum Club Femenino (fundado en 1926 por María de Maeztu) crearon un espacio propio en la sociedad y lo tomaron sabiendo que era suyo. Un espacio enterrado, como tantos otros en 1939, para acabar con sueños de libertad e igualdad.

En Las Sinsombrero, Tania Balló recupera y muestra las historias olvidadas de las mujeres que formaron parte de la Generación del 27 y que fueron víctimas de la masculinización de lo intelectual, un mal endémico de la historia, como señala la autora. La obra de ellos volvió, se reconoció y se incluyó en los libros de historia. La de ellas sigue, 90 años después, sin formar parte de la nómina de creadores que les pertenece. El exilio, unido al hecho de ser mujeres, las llevó a la invisibilidad.

portada_las-sinsombrero_tania-ballo_201601121707Sin embargo, las mujeres existieron, crearon y triunfaron como poetas, pintoras, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras de enorme talento. A través de su arte y activismo desafiaron y cambiaron las normas sociales y culturales de la España de los años 20 y 30.

Las Sinsombrero hace referencia al gesto que protagonizaron Lorca, Dalí, Margarita Manso y Maruja Mallo de pasear sin sombrero por la Puerta del Sol en Madrid para dejar salir sus ideas, sus inquietudes. Un desafío a los convencionalismos sociales, una transgresión en la indumentaria como forma visual de mostrar en sociedad la confrontación con lo establecido y el rechazo a las costumbres impuestas, que mereció todo tipo de insultos y descalificaciones.

Sin ellas, la historia no está completa

Son las mujeres que se quitaron el sombrero, ese corsé intelectual que las relegaba al papel de esposas y madres. Que participaron sin complejos en la vida intelectual española en los años veinte y treinta. Son esas mujeres que salían en las fotos de grupo de la Generación del 27, pero no en los pies de foto explicativos: Rosa Chacel (novelista y poeta), Ernestina de Champourcín (poeta), Margarita Gil Rösset (escultora e ilustradora), María Teresa León (novelista), Maruja Mallo (pintora), Concha Méndez (poeta y editora), Josefina de la Torre (novelista, poeta y actriz), Ángeles Santos, pintora, María Zambrano (filósofa). Mujeres libres y rompedoras que anticiparon e hicieron posible a las mujeres de hoy.

El libro de Balló repasa la vida de estas mujeres, sus obras y las circunstancias, en muchos casos dramáticas, en las que tuvieron que trabajar y vivir: el siglo XX fue un tiempo convulso para las mujeres, una época en la que tuvieron que asentar su espacio de poder intelectual mediante un esfuerzo y una valentía ingentes. Este es el caso. Con la lectura de las Sinsombrero se disfruta del placer de descubrirlas gracias a su personalidad y a sus realizaciones relatadas a través de textos bien construidos que comparten una estructura común y que, finalmente, da como resultado un ejercicio de lectura y de memoria delicioso. Llevamos demasiado tiempo conociendo la historia en masculino y las Sinsombrero contribuye a que sea posible que la Generación del 27, por fin, alcance el género neutro.

El libro de Balló, el proyecto de Las Sinsombrero, es una invitación, muchas veces desde la ternura, a conocer a esas mujeres que miraban ese tiempo de frente, a esas mujeres que eran algo más que “mujeres de..” para descubrir que eran “mujeres que…” cambiaron el rumbo de la historia, que crearon, que amaron, que triunfaron y, sobre todo, fueron ellas mismas.

Balló nos invita a conocerlas, a ellas y a las que no están en el libro, porque aún estamos a tiempo de descubrirlas: Carmen Conde, poeta;  Elena Fortún, escritora; Norah Borges, pintora y xilógrafa; Ruth Velázquez, poeta y pintora; Lucía Sánchez Saornil, poeta y sindicalista; Rosario Pi, directora y productora de cine y tantas otras pintoras, poetas o compositoras.

Pero compensar es, también, una obligación ética. Aunque las tendencias cambian y, poco a poco, el relato va tomando matices más equilibrados, aún hay mucho trabajo por hacer. La integración plena y real de las mujeres aún dista bastante de ser una realidad efectiva a todos los niveles. Todavía quedan muchos mitos por derribar y aún más prejuicios por destruir.

Reseña publicada en Álabe, Revista de la Red de Universidades Lectoras.

Imprescindibles – Las Sinsombrero (Las mujeres de la Generación del 27)

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La Conjura de los Medios

Estamos inmersos, una vez más, en una nueva campaña electoral y asistimos, por lo tanto, a uno de los espectáculos más deplorables de la política entendida como un mero mercadeo en el que todo vale –incluso la indecencia– por un puñado de votos. En este escenario, los medios de comunicación tienen un papel determinante. Son los responsables de organizar el espectáculo como si de un festival se tratase: nuevos formatos televisivos, debates telemáticos, entrevistas íntimas… Pero no todos los candidatos son los elegidos. Los medios deciden y proponen a quiénes hay que votar y, sobre todo, a quiénes no. Esta circunstancia no es nueva, pero en esta campaña mediática resulta especialmente llamativa la exclusión que, sobre todo, los grandes medios de comunicación han decidido sobre el candidato de Unidad Popular–Izquierda Unida, Alberto Garzón.

rajoy-bertin-mejillonesLos medios de comunicación son empresas informativas, empresas privadas. Cada vez más empresas y, desafortunadamente, menos informativas. Su finalidad, como la de cualquier otro negocio, es la obtención de beneficios y su maximización. Hasta no hace demasiado tiempo esa lógica empresarial tenía un importante matiz: los medios además, por definición, debían cumplir una función social: la de informar. Ya no es así. La profesión periodística ha sido arrasada en aras del negocio. Al fin y al cabo, los medios son uno de los pilares centrales de la preservación del sistema.

En esta ocasión, al margen de sus preferencias partidistas, los medios han decidido que las opciones políticas que deben presentarse a los ciudadanos para su consideración son cuatro, ni una más ni una menos. Son las adecuadas para la banalización de la política y poder mostrar el perfil más amable y anecdótico de los líderes de esas formaciones. Contribuyen, por ejemplo, a humanizar al candidato Rajoy; a mostrar el encanto del candidato Sánchez, el dinamismo de Rivera o la presunta insolencia de Iglesias, pretendiendo fijar en nuestras mentes poco más que eslóganes y promesas.

De propuestas concretas y programas, nada. Así se decide que nos fijemos en los candidatos, en sus aficiones y en sus gustos y, sin embargo, ignoremos sus realizaciones, lo que ya han hecho en su acción de gobierno. Se oculta o se da por amortizado, por lo tanto, que, por ejemplo, el candidato al que se contribuye a humanizar representa a un partido roído por la corrupción que, con sus políticas, ha sumido en la miseria a millones de españoles, dejándolos sin casa, sin trabajo, sin derechos y sin ayudas. Que el partido de Sánchez vive inmerso en sus propias contradicciones, después de reformar de forma vergonzante la Constitución para seguir siendo legítimos ocupantes de cargos y representación en las más altas instituciones del Estado. Que Iglesias se ha perdido definitivamente de tanto buscar la centralidad del tablero político y que del proyecto inicial e ilusionante de Podemos queda poco más que la coleta. Que Rivera, por fin, es una operación de marketing político del liberalismo económico para facilitar el gobierno de unos o de otros, lo mismo da.

De Alberto Garzón sabemos poco de su esfera privada. Si acaso que es una persona joven y preparada. Un candidato interesante. Uno de los mejor valorados por los ciudadanos, en la calle, por la gente de a pié. Sin embargo, sí que sabemos que viene de lejos y que reclama una nueva constitución, un proceso constituyente desde abajo protagonizado por la ciudadanía, fruto del consenso ciudadano y no de las élites. Quizás por eso no sea de extrañar el ostracismo al que le condenan las grandes corporaciones mediáticas. Es el precio por ser de izquierdas. Es el castigo por querer un nuevo país en el que el poder no siga estando en las mismas manos, en las de los siempre poderosos.

Aquí abajo, en Granada, el candidato del PP es el paradigma de la derecha tradicional y rancia de Andalucía, la que representa a la oligarquía, a los señoritos y sus familias, a los que siempre han mandado. En contraposición, el candidato de Unidad Popular–Izquierda Unida, Diego Castillo es una persona sencilla, uno de los más de cuatro millones de parados que las políticas de su partido ha dejado en los alrededores de la miseria, en los umbrales de la pobreza. Pero de esto no se hablará, los medios no se ocuparán de ello. No les interesa.

Por eso, el 20 D puede ser el día de los valientes. Una buena ocasión para desbaratar la conjura de los necios.

No la dejen pasar.

[Ver el artículo en Motril@Digital]

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Terror en París. Acotaciones

  1. La barbarie y el terror no dejan de conmocionarnos nunca. Sin embargo, pareciera que hayamos desarrollado mecanismos colectivos que nos permiten su asimilación a lo largo de la historia sin que aparezca la necesidad de buscar soluciones justas para que no se repitan. Y, también, para no preguntarnos por qué no dejan de hacerlo.
  2. Los 129 muertos en París no pueden tener justificación alguna, ni humana ni política o religiosa ni según cualquier otra consideración.
  3. París todosTampoco pueden tenerla los tres mil muertos de las Torres Gemelas (2001); los 202 de Bali (2002); los 171 en Irak; los 106 en Kerbala y los 65 en Bagdad (2004). Igual que los 191 que fueron asesinados en los trenes de cercanías en Madrid ese mismo año y  las 56 muertes causadas por explosivos en el metro de Londres en 2005, ni los 60 turistas muertos en hoteles en Amán (Jordania) y los 185 en tres suburbanos de Bombay (2006). Como tampoco los 250 al estallar cuatro camiones bomba en Nínive (Irak) y los 130 en Karachi en 2007. Los 165 en Bombay en 2008. Los 77 asesinados en Noruega en 2011. Los 126 escolares en Pecharvar (Pakistán) en 2014. Ni la masacre en Charlie Hebdo, ni los 147 muertes de Garissa (Kenia), las 38 de Túnez, las 102 en Ankara y los 41 muertos en Burch Barache en el Líbano; todos ellos en este año de 2015. Tampoco, desde luego, las víctimas de las guerras de Irak, Kuwait o Afganistán.
  4. Los muertos se hundirán en el cajón oscuro de la memoria colectiva, mientras que sus seres queridos los acomodarán en el recuerdo ténebre de su frustrada presencia. Si acaso su memoria —ni siquiera sus nombres— servirán de excusa y justificación para próximas venganzas con la misma determinación y frialdad con que actuaron los ejecutores de los seis atentados simultáneos en la sala de fiestas Bataclan, en la Terraza de Bonne Biere, en Saint Denis, en le Petite Camboyanne y en el Boulevard Voltaire. Pero, esta vez, en montañas lejanas de la vieja Europa.
  5. Convendría traer a escena y recordar episodios más o menos cercanos en los que no se han dejado de tomar decisiones geopolíticas y estratégicas desde la codicia, la rapiña o los intereses de las grandes potencias internacionales.: Palestina, El Sahara, Kosovo, Irak, Kuwait, Afganistán, Líbano, Siria… Escenarios abonados, todos ellos, para ser alimento adecuado del fanatismo y de la sinrazón.
  6. Los actos de guerra ya no son monopolio de los Estados. Ya no. En esta tercera guerra mundial a pedazos que parece que estemos viviendo, hemos aprendido a reconocer otros nombres del terror: Al Qaeda, Hezbollá, Estado Islámico o Daesh,… etc. que se erigen en avanzada de la venganza y de la Yihad.
  7. Lo fácil, lo inmediato, lo políticamente correcto, la zona de confort desde la que nos dejan intervenir es aceptar los marcos conceptuales que nos proponen para que pensemos en el elefante de la primacía de la civilización occidental y nos sintamos reconfortados al viralizar que todos somos París, o a declarar solemnemente que el dolor de Francia es el dolor de España. En fin.
  8. Lo complejo, lo difícil, es lo que va más allá de los sentimientos y de las emociones. Salirse de las respuestas y de las venganzas a corto plazo. Lo arriesgado es buscar soluciones para acabar con las desigualdades, la inequidad y la injusticia con el principal objetivo de universalizar los derechos humanos a lo largo del planeta, por encima de cualquier otra consideración.

A quién no interesa.

[Ver el artículo publicado en Motril@Digital]

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27 de septiembre, AL ALBA

En Hoyo de Manzanares, una pequeña localidad al noroeste de Madrid, los primeros días de otoño anuncian sin timidez la llegada del invierno. Al fondo, los perfiles de la sierra de Guadarrama se muestran en todo su esplendor. Hoy todavía, además de un plácido lugar de vacaciones, su término municipal cuenta con diversas instalaciones militares (sobre todo, campos de maniobras, algún polvorín y retenes de guardia). No lejos de allí se levanta el Valle de los caídos, el mausoleo que glorifica el franquismo, un monumento insólito e impensable en cualquier sociedad civilizada.

albaEn uno de esos recintos militares, cuando despertaba aquel 27 de septiembre de 1975, al alba, un pelotón de soldados voluntarios fusilaba a tres jóvenes antifranquista (los otros dos lo fueron en la prisión de Burgos y junto al cementerio de Collserola, cerca de Barcelona). Fueron los últimos de los muchos ejecutados por el régimen de Franco, un dictador que ocupó el poder haciendo del terror su principal argumento y se despidió del mismo modo, dejando su impronta en un paredón de fusilamiento. Muchos creyeron que se trataba de uno de los últimos estertores del franquismo, una dictadura que agonizaba. Pero se equivocaban.

Cuarenta años después de aquellos fusilamientos, las huellas y las sombras del franquismo permanecen indelebles a través de algunos de sus símbolos y, sobre todo, en modos de pensar y en patrones de comportamiento. Un logro exitoso resultado de una estrategia planificada y comprometida por las élites militares, institucionales, económicas y religiosas que ocuparon el poder en beneficio de sus intereses durante buena parte de nuestra historia reciente.

De este modo, a estas alturas del siglo XXI España continúa siendo el segundo país del mundo en número de desapariciones forzadas, detrás de Camboya. Todavía quedan cerca de 150 mil muertos clandestinos en fosas y cunetas que condenan a sus familiares y a la sociedad en su conjunto a una situación triste e inhumana.

Todos los intentos por cerrar este dolor han resultado estériles. Se ha impuesto el discurso del olvido y la impunidad frente a la necesidad de la memoria colectiva para conocer la verdad de unos hechos que delinean las dimensiones del horror, un episodio digno de formar parte de una historia universal de la infamia.

Por eso, como en tantos otros asuntos, una vez más la sociedad civil ha tenido que tomar la iniciativa a través del trabajo, de las actividades y del compromiso de investigadores, activistas, familiares y ciudadanos. Todos ellos, desde diferentes ámbitos, dedican su esfuerzo a  recuperar la memoria, a reconstruir las circunstancias de aquellos hechos, a situar los lugares donde fueron asesinados cobardemente los desafectos, los enemigos –hombres y mujeres condenados sin juicio por el simple hecho de no ser como ellos, por no pensar de su mismo modo–. A que se sepan todos sus nombres. A que se desentierren e identifiquen sus huesos y vuelvan a la tierra recuperando su dignidad de seres humanos.

Aquí, en Granada y en la Costa, desde hace algunos años el movimiento memorialista procura que la sociedad deje de mirar hacia otro lado y dedica sus esfuerzos a localizar y señalar Lugares de la Memoria o a procurar romper la invisibilidad impuesta a algunos de los hechos que tuvieron lugar entre nosotros, como los crímenes de la carretera Málaga-Almería, la Desbandá –uno de los mayores crímenes de civiles de la historia, prácticamente desconocido más allá de nuestras casas–.

Frente al desdén y el desprecio del Gobierno de España y a la tibieza y equidistancia, en ocasiones, de las administraciones más cercanas, la labor de las Asociaciones apoyando el trabajo de investigadores y profesionales y organizando proyectos de investigación y actividades de difusión está contribuyendo al conocimiento de muchos de esos hechos y de sus circunstancias. En definitiva, a la socialización del dolor.

Sin embargo, lo que queda por hacer es mucho. Pasa, sobre todo, por el reconocimiento institucional de administraciones, gobiernos y medios públicos de comunicación de la importancia de esa tarea que, si somos capaces de llevarla a cabo, nos permitirá afrontar el futuro con la conciencia de saber que vivimos en un país decente.

No olviden.

[Ver el artículo publicado en Motril@Digital]

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Yo no soy racista, pero…

En los últimos dos años se ha disparado el número de refugiados y desplazados en el mundo y han empezado a llegar a Europa, donde se esperan 900 mil en 2015. Se trata de la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

Ha sido necesario que las imágenes del horror entraran en nuestras casas para que se tomara conciencia de una realidad que no ha dejado de estar presente en la construcción de nuestro mundo: las guerras siempre han causado estragos y, lamentablemente, no hay perspectiva de que acaben a corto plazo.

Pero, hasta ahora, el problema era de otros, estaba en países lejanos. Sin embargo, en los últimos años el Mediterráneo se ha convertido en una tumba para miles de refugiados que intentan acercarse y compartir nuestra libertad.

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En nuestro país, en nuestra ciudad, como en la mayoría de países y en muchas ciudades europeas, se están produciendo movimientos de solidaridad, aunque también existen actitudes xenófobas que se oponen a la acogida de refugiados. Se trata de una solidaridad emocionante, pero también de un egoísmo indignante quizás alimentado por el miedo al otro, por la desconfianza y, también, por la mezquindad con la que los gobernantes y poderosos imponen sus criterios y su modelo de vida deshumanizado.

De este modo, no resulta infrecuente asistir a conversaciones sobre el asunto en las que alguno de los interlocutores manifiesta su opinión con la introducción “Yo no soy racista, pero…” seguida de argumentos y razones que de haberse impuesto a lo largo de nuestra reciente historia habrían impedido desvelar la vergüenza del Holocausto o la derrota de los fascismos para procurar un futuro de paz y prosperidad en las sociedades europeas.

Un egoísmo que es fruto de la simplificación, de la ausencia de perspectivas vitales o de sentimientos primarios de supervivencia que reclaman que lo primero, lo único, son los nuestros, lo nuestro.

No es extraño, tampoco, cuando los gobiernos que han desmantelado el estado del bienestar y que han condenado a millones de personas a la pobreza extrema han destinado la mayoría de sus fondos a convertir Europa en una fortaleza. O cuando se habla de cuotas, como si detrás de las cifras no hubiera vidas humanas, personas con nombre y apellidos –la mitad de los refugiados son menores de 18 años y de éstos la mayor parte de ellos, niños–. Y desde luego, cuando se extiende la sospecha de que entre ellos se colarán fanáticos religiosos y terroristas. Una estrategia que pretende confundir a la población para que acepte que la acogida de refugiados se trata de un gesto de caridad y no de garantizar uno de los derechos humanos, el del asilo.

Sin embargo, afortunadamente, una vez más la iniciativa civil está empujando a los gobiernos e instituciones para que pongan los medios necesarios para salvar vidas de una forma eficiente y humana. De esta manera, muchas ciudades están poniendo a disposición de los refugiados espacio y servicios y lo que es más importante: la voluntad ciudadana para asegurar pan, techo y dignidad para los que huyen de la guerra y del hambre, entendiendo que la interminable huida del ser humano nos ha convertido en lo que somos.

La generosidad y la solidaridad es lo que más grandes hace a los pueblos porque contribuyen a conformar la verdadera identidad de un país que permanecerá a lo largo del tiempo. Mucho más que las campañas de imagen como la fallida acerca de la “Marca España” debido a su impostura.

La gente, mucha gente, está dispuesta a ayudar con dinero, con comida, con ropa, ofreciendo alojamiento o de cualquier otra manera. El estado debe hacer lo que le corresponde, pero ¿Y tú, aparte de hablar y opinar, qué haces?

[Ver el artículo en Motril@Digital]

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